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Entre la depresión y el ataque de nervios

Entre la depresión y el ataque de nervios

Jorge, el 5.07.20 a las 9:32 AM

La pastoral, como la buena cocina, es cosa lenta. Pobres de nosotros como nos pillen las prisas. Demasiadas veces nos ponemos nerviosos porque la gente no responde, no encontramos apoyo en lo que hacemos, toda actividad parece inútil. En la vida cristiana, en la vida pastoral, lo único que va con prisa es la destrucción de lo existente. Me explico.

Creo que voy a quitar la misa de diario, te dice un compañero sacerdote. No merece la pena. Estoy celebrando y no viene nadie.
En estos casos vale la pena que nos preguntemos cuánto tiempo hace de esto: ¿una semana, un mes, un año? Es poco. Te sientas en el confesionario y nadie… Dices las cosas y ni caso. Mi experiencia de unos cuantos años como sacerdote es que la paciencia es la madre de la vida pastoral.

Conseguir que una misa tenga fieles y de manera medio estable es tarea de años en muchos casos.
Celebras y nada de nada… hasta que un día, de casualidad, aparece una persona. Tal vez al cabo de semanas o meses son dos o tres hasta que se va convirtiendo en habitual y ya nunca falta un grupito. Quién sabe si un día alguien acudirá al confesionario.

En Braojos, la parroquia mayor de las tres que atiendo, pasamos de no tener misa a diario desde hace años, a celebrar lunes y miércoles. Nunca celebré solo. En mayo, que tradición tienen del mes de María, misa diaria. Cogimos impulso, y seguimos en junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús. Y ya puestos, vamos a continuar todo el verano. A las 19 h. el rosario y a continuación la misa. Todos los días, excepto el domingo que celebro a las 13 h. Nunca menos de media docena de fieles, y algún día hemos llegado a diecisiete. Paciencia. Por cierto, durante el rezo del rosario me siento a confesar. Ya he atendido a alguna persona en confesión.

Los nervios nos pierden. La supuesta inutilidad nos mata. Nervios porque llevo dos o tres días y no aparece nadie. Inutilidad porque para uno o dos que vienen no merece la pena. Je. El sacrificio de Cristo en la cruz. No merece la pena. Je.

Lo que si va muy rápido es la destrucción de lo existente. No hay nada más sencillo que acabar con cualquier acción pastoral, tradición o costumbre. La misa, por ejemplo. El lunes no hay. El martes cambio la hora. El miércoles no me presento. El jueves llego tarde. El viernes vuelvo a aparecer, pero no celebro porque total para una persona no merece la pena. El sábado mejor no para no restar al domingo. Si caemos en esto, lo de la misa diaria acaba en quince días, porque al cabo de ese tiempo ya la gente no sabe si hay, si no hay, cuándo es y si el cura llegará o no.

Y lo que digo de la misa lo digo de otras posibles acciones pastorales. La novena no se hace porque no viene a nadie o casi nadie. Para qué un rato de adoración con dos personas, o el rosario con una solitaria anciana. Para eso, mejor no hacerlo.

Constancia. ¿Una viejecita? Perfecto, ya somos dos, qué alegría. ¿Una persona en misa? ¿Qué alegría! ¿Dos en el Santísimo? ¡Adelante! Y así durante meses. Y si al cabo de meses, años… sigue sin venir nadie, motivo de más para no desmayar. Si no vienen a lo mejor es porque rezamos poco.

Sé que esto es difícil. Me cuesta muchas veces. Se hace duro tocar la campana, preparar, hacer las cosas con toda la ilusión y no tener respuesta o apenas. Y así un día tras otro. Por eso la gracia, por eso la oración, por eso la confianza en el Señor.

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