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Brindando con los tercios

Brindando con los tercios

Bruno, el 10.12.19 a las 4:33 PM

Corre por las redes interneteras un “brindis de los tercios españoles” en verso, que en ocasiones se atribuye a Lope de Vega. En realidad, es muy posterior y forma parte del altamente recomendable, pero difícil de encontrar, En Flandes se ha puesto el sol, escrito por Eduardo Marquina en 1909.

No es extraño que el “brindis” resulte atractivo, porque contiene una potente mezcla de incorrección política, bravata y eco de tiempos más heroicos, en que la valentía y la lealtad eran virtud, y no vicio, como parecen considerarse ahora:

¡Por España
y el que quiera defenderla,
honrado muera;
y el traidor que la abandone,
no tenga quien le perdone,
ni en tierra santa cobijo,
ni una cruz en sus despojos,
ni las manos de un buen hijo
para cerrarle los ojos!

Muy bueno, ciertamente, siempre que se tome como lo que es, un texto literario, porque tomándolo en serio expresaría un sentimiento bien poco cristiano (¿a quién no se le erizan los cabellos al oír desear que alguien “no encuentre quién le perdone"?). Hay, sin embargo, en estos versos algo de profecía.

Ya he dicho alguna vez que no es casualidad que poeta y profeta rimen. Todo buen poeta tiene en sí algo de profeta y viceversa. Estas líneas del brindis de los tercios, cual maldición poética, se cumplen de forma peculiar en los millones que en nuestro país han abandonado la fe católica (y, de paso, han renunciado a España, no tanto por sí misma como por su estrecha vinculación histórica con esa fe). Son versos que nadie dijo, porque forman parte de una obra de teatro de ficción, y, sin embargo, se han cumplido con una terrible exactitud profética.

Pensémoslo por un momento. Resulta evidente, basta mirar a nuestro alrededor para descubrirlo, que las multitudes de hoy no tienen quién les perdone, porque niegan la existencia del pecado y, en consecuencia, la necesidad y la posibilidad misma de ser perdonados. Es difícil imaginar algo más triste. No sería cristiano desear al prójimo que nunca fuera perdonado, pero es forzoso reconocer que quien rechaza que le perdonen se asegura esa ausencia de perdón.

Tampoco encuentran, al morir, en tierra santa cobijo, ni una cruz que cubra sus restos mortales. Es más, significativamente, la mayoría ni siquiera se entierran ya, sino que sus cuerpos son quemados y esparcidos en cualquier sitio, como polvo que nada es, nada vale y nada espera. Han perdido la esperanza en la resurrección de la carne, en la vida eterna y, como era de esperar, han terminado por no dar valor tampoco a la vida terrena, que puede eliminarse sin escrúpulo cuando niños o ancianos molestan.

La última parte de los versos no es menos terrible: “ni las manos de un buen hijo para cerrarle los ojos". También esta profecía se cumple, de la forma más drástica posible: han dejado de tener hijos. Sabiendo muy bien que tener hijos exige un sacrificio y dar la propia vida, han preferido no tenerlos y ahora no tienen quién cuide de ellos. Tantísimos abandonaron a sus padres en asilos y, al llegar su propia hora, nada temen más que ser abandonados a su vez. No es extraño que prefieran hacer como si la muerte no existiera y ni siquiera la mencionen, porque ante ella no tienen respuesta ni recurso ni esperanza. Nada califica mejor a nuestra época que el adjetivo de desesperanzada. Los herederos del Siglo de las Luces han terminado por traernos la más profunda oscuridad.

En esa misma oscuridad, sin embargo, se encuentra una semilla de esperanza. Frágil e insignificante, como toda esperanza que se precie, pero llena de las promesas del primer amanecer. Falta ya muy poco para que crezcan tanto las tinieblas que los hombres vuelvan a desear la luz. Han cavado un pozo tan hondo que el sol ni siquiera se vislumbra. Pronto, toda la propaganda del mundo no podrá convencerlos de que su desesperanza es felicidad ni de que esas tinieblas son lo propio del mediodía.

Sólo hará falta que los cristianos que quedamos despertemos de nuestra apatía y dejemos de adular a un mundo que se muere. Quizá entonces recordemos la Medicina que el ser humano necesita y que, en el colmo de la desidia, permanece en un rincón, despreciada y olvidada por los que tienen la misión de llevarla hasta los confines de la tierra.

Si Dios quiere, como a los tercios en Empel, no nos faltará en ese empeño el auxilio de nuestra Señora, cuya concepción sin pecado siempre fue honrada en España y nunca dejará de ser la gloria de los españoles.

Categorías : Iglesia en España, Nueva Evangelización