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Sacerdotes mártires valencianos XXIV

Sacerdotes mártires valencianos XXIV

Luis I. Amorós, el 28.05.24 a las 12:13 AM

Don Gonzalo Viñes Masip nació en Játiva el 19 de enero de 1883. Obtuvo varias matrículas de honor en el bachillerato estudiado en el Colegio Setabense. Ingresó en el Seminario Conciliar de Valencia, cursando la carrera eclesiástica y ordenándose en 1906. Fue Coadjutor de la parroquia de Santa maría la Mayor de Játiva, obteniendo una canonjía con el cargo de archivero cuando esta fue elevada a Colegiata.

Es difícil poder resumir la vasta labor académica, espiritual e intelectual de don Gonzalo: perteneció a la Sociedad Aragonesa de Ciencias Naturales, a la Academia de Buenas Letras de Barcelona, al Centro de Cultura Valenciana y al servicio de investigación prehistórica de la Diputación de Valencia. Fue el pionero en la excavación del yacimiento arqueológico de la Cova Negra en Játiva, y cooperó en los de Les Alcuses de Mogente y el Parpalló de Gandía.

Fue cronista de Játiva durante varios años, fundó el museo de Játiva, inaugurándolo con un ara romana que había descubierto él, fue director durante varios años del semanario “El Obrero Setabense”, publicó los libros “Hidrografía setabense”, “La Patrona de Játiva” y “Datos sobre las excavaciones de Cova Negra”, publicó traducciones de documentos antiguos del archivo municipal y la colegiata, fue galardonado con varios premios literarios, y como colofón y anécdota de su variada producción intelectual, halló la verdadera partida de bautismo del célebre pintor José Ribera, llamado “el Españoleto”, convirtiéndose en una auténtica celebridad a nivel nacional entre los archiveros.

Como sacerdote, organizó la Juventud católica masculina de Játiva, de la que fue presidente, fundó la archicofradía del Beato Jacinto Castañeda, mártir de Játiva, e impulsó su canonización (promulgada por Juan Pablo II en 1988), fue presidente de la Asociación de la visita Domiciliaria de la Virgen Milagrosa, de la Conferencia de San Vicente de Paúl, de las señoritas del Ropero, de la Cofradía del Santísimo Rosario (organizó el Rosario Perpetuo local), de la Venerable Orden Tercera de Santo Domingo de Guzman, de las Marías del Sagrario y de los Jueves eucarísticos, donde dirigía la Hora Santa con extremo fervor.

Al estallar la revolución en la retaguardia de la España roja el 18 de julio de 1936, como figura conocida que era, sufrió acoso desde el primer momento: su casa fue registrada varias veces, arrebatándole sus libros de religión y ciencia, imágenes y ropa de culto. El comité marxista local le apremió varias veces, con amenazas, a que declarara dónde estaba el tesoro de Santa Clara o depositara cincuenta mil duros en fianza por el mismo. También le acosaron para que firmara una declaración jurada renunciando al sacerdocio, a lo que se negó. Algunos supuestos amigos le aconsejaron que se afiliara a algún sindicato marxista para eludir la persecución, a lo que se negó. Durante los siguientes meses fue obligado a trabajar como secretario del comité de Játiva, particularmente llevando la contabilidad de lo incautado a las víctimas de la rapacidad. El jueves 10 de diciembre de 1936, bajo pretexto de que debía acudir a inventariar un molino incautado en la pedanía de Vallés, fue allí matado a tiros con varias descargas de fusilería por los milicianos. Su martirio ocurrió a las cuatro de la tarde, la misma hora en la que todos los ías durante muchos años había rezado la adoración eucarística en la Colegiata. Tenía cincuenta y tres años.

Francisco Camarena Nadal nació en 1886. Tras cursas la carrera eclesiástica en el Seminario Conciliar de Valencia, se ordenó en 1910. Fue durante casi veinte años como coadjutor de Puebla de Vallbona, donde ganó fama de sencillo y piadoso. Al advenimiento de la república, fue suprimida su plaza, y paso a ejercer un beneficio en la parroquia de Canals. Cuando comenzó la guerra civil, se vio obligado a huir de Canals, refugiándose en casa de una antigua sirvienta de la familia en Puebla de Vallbona. Allí lo fueron a sacar los milicianos el 5 de agosto de 1936. Lo sacaron de la casa entre insultos y bofetadas. Lo metieron en un coche y los testigos afirman que no cesaba de repetir “Señor, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Llevado a la salida del pueblo, lo fusilaron en la cuneta, mientras gritaba “¡Viva Cristo Rey!”. Al final de la guerra sus restos fueron recuperados y enterrados en el cementerio de la Puebla de Vallbona. Tenía sesenta años.

En Adzeneta de Albaida nació en 1871 don Juan Bautista Tormo Molina. Tras estudiar en el Seminario Conciliar de Valencia, fue consagrado sacerdote en 1898. Fue coadjutor de la parroquia de Chiva, y tras varios destinos en 1936 era párroco del pequeño pueblo de Cerdá, apenas dos kilómetros distante del centro de Játiva. Al estallar la revolución y ser expulsado de su parroquia, fue a residir con su familia en Adzeneta. El comité marxista de Onteniente (probablemente uno de sus destinos previos) lo reclamó en varias ocasiones insistentemente, pero los marxistas de Adzeneta se negaron a entregarlo, en un raro caso en el que hubo resistencia a la maldad, probablemente porque los rojos locales conocían sus prendas personales o algún familiar o amigo tenía peso en el gobierno revolucionario local. La noche del 29 de septiembre de 1936, un camión con milicianos de Onteniente llegaron por sorpresa y llamaron a golpes a la puerta. Los familiares se resistieron a abrir y varios de los asaltantes entraron por un balcón y se apoderaron del sacerdote. Este les dijo “me perseguís porque soy sacerdote; yo no reniego de ser ministro de Dios. Haced de mí lo que queráis”. Contra cualquier atisbo de formalidad procesal siquiera aparente (como era frecuente en los días de la revolución), los captores lo llevaron al cercano camino vecinal de de Agullent, y en la encrucijada del camino viejo de Benisoda lo sacaron, lo acribillaron a balazos y tras golpear su cadáver, lo abandonaron en el mismo lugar. Tenía setenta y cinco años.

En Fuente la Higuera nació el 8 de enero de 1908 Arcadio Ángel Biosca. Curso estudios en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de san José en Valencia, pasando al Seminario Mayor posteriormente, donde destacó en los estudios de filosofía. Finalmente, obtuvo una beca en Colegio de la Presentación de Valencia y se ordenó de presbítero en mayo de 1931. Aquejado poco después de una enfermedad crónica, sirvió como coadjutor de Las Alcuzas de Mogente tres años, y posteriormente capellán de colegio de San José de la Montaña en Valencia durante tres años. Fue capellán en el Realengo, una pedanía de Játiva, y luego en Rafelguaraf, otro municipio cercano, hasta 1936. En todos esos destinos fue conocido y querido por su modestia y dulzura de carácter. Se corrió la broma de que hacía honor a su apellido.

Al estallar la guerra regresó el cuatro de agosto a la casa familiar en Fuente la Higuera, donde llevó una vida retirada. Un mes más tarde, sin embargo, el comité marxista local le ordenó regresar a su último destino. En Rafelguaraf los milicianos le esperaban en su custodiada casa, y le obligaron a tomar el autobús de línea a Puebla Larga. Allí le esperaba un coche de milicianos, dándose la casualidad de que el conductor reclutado por estos, era un conocido de don Arcadio, que le había dado clases de lectura y escritura años atrás. Tan sabido tenía el sacerdote el destino que le esperaba, que cuando se detuvieron en el puerto de montaña de Cárcer le dijo al conductor “¿También tu me acompañas? Yo te perdono y… hasta que nos veamos en el cielo”. Poco después fue tiroteado hasta la muerte. Sus restos fueron enterrados en un lugar ignoto. Tenía veintiocho años.

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Ruego a los lectores una oración por el alma de estos y tantos otros que murieron en aquel terrible conflicto por dar testimonio de Cristo. Y una más necesaria por sus asesinos, para que el Señor abriera sus ojos a la luz y, antes de su muerte, tuvieran ocasión de arrepentirse de sus pecados, para que sus malas obras no les hayan cerrado las puertas de la vida eterna. Sin duda, los mártires habrán intercedido por ellos, como lo hicieron antes de morir.

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La vida y martirio presbiteriales aquí resumidas proceden de la obra “Sacerdotes mártires (archidiócesis valentina 1936-1939)” del dr. José Zahonero Vivó (no confundir con el escritor naturalista, y notorio converso, muerto en 1931), publicada en 1951 por la editorial Marfil, de Alcoy.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la Justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, persigan y, mintiendo, digan todo mal contra vosotros por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los Cielos. Pues así persiguieron a los profetas antes que a vosotros;

Mateo 5, 9-12

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