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Un Sínodo autodestructivo

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Por The Catholic Thing | 01 noviembre, 2022

Por el Padre Gerald E. Murray

La Secretaría General del Sínodo de los Obispos publicó la semana pasada el Documento de Trabajo (DT) para la Etapa Continental del Sínodo para una Iglesia Sinodal. En él se cuestionan sin reparos varias doctrinas católicas con el pretexto de escuchar al Espíritu Santo que, sorprendentemente, habla de alguna manera a través de las quejas y críticas de quienes rechazan lo que la Iglesia enseña y ha enseñado siempre.

Las contribuciones de todo el mundo que contradicen la doctrina católica son citadas o resumidas con aprobación porque «expresan de manera particularmente poderosa, bella o precisa sentimientos expresados de manera más general en muchos informes.» (¶6) Esos sentimientos gozan de la presunción de verdad inspirada por el Espíritu, mientras que las doctrinas causan alienación y dolor.

Los comentarios de un grupo parroquial estadounidense son emblemáticos: «La visión de una Iglesia capaz de una inclusión radical, una pertenencia compartida y una profunda hospitalidad según las enseñanzas de Jesús está en el corazón del proceso sinodal: `En lugar de comportarnos como guardianes que intentan excluir a otros de la mesa, tenemos que hacer más para asegurarnos de que la gente sepa que todos pueden encontrar un lugar y un hogar aquí´«. (¶31) El DT explica además que «la experiencia sinodal puede leerse como un camino de reconocimiento para aquellos que no se sienten suficientemente reconocidos en la Iglesia». (¶32)

Entonces, ¿quién se siente excluido? «Entre los que piden un diálogo más significativo y un espacio más acogedor encontramos también a los que, por diversas razones, sienten una tensión entre la pertenencia a la Iglesia y sus propias relaciones amorosas, como por ejemplo: divorciados vueltos a casar, padres solteros, personas que viven en un matrimonio polígamo, personas LGBTQ, etc.» (¶39) Esto incluso recibe una segunda mención: «Muchos resúmenes también dan voz al dolor de no poder acceder a los Sacramentos que experimentan los divorciados vueltos a casar y los que han contraído matrimonios polígamos. No hay unanimidad sobre cómo tratar estas situaciones» (¶94)

¿Quién más se queja? «Tras una atenta escucha, muchos informes piden que la Iglesia continúe su discernimiento en relación con una serie de cuestiones específicas: el papel activo de las mujeres en las estructuras de gobierno de los organismos eclesiásticos, la posibilidad de que las mujeres con una formación adecuada prediquen en los entornos parroquiales y un diaconado femenino. Se expresó una diversidad de opiniones mucho mayor sobre el tema de la ordenación sacerdotal de las mujeres, que algunos informes reclaman, mientras que otros consideran una cuestión cerrada». (¶64)

¿La solución? «La conversión de la cultura de la Iglesia, para la salvación del mundo, está ligada concretamente a la posibilidad de establecer una nueva cultura, con nuevas prácticas y estructuras». (¶60)

Entonces, ¿cómo llegar a ese punto? «Caminar juntos como Pueblo de Dios requiere que reconozcamos la necesidad de una conversión continua, individual y comunitaria. En el plano institucional y pastoral, esta conversión se traduce en una reforma igualmente continua de la Iglesia, de sus estructuras y de su estilo, en la estela del impulso de un continuo ‘aggiornamento’…» (¶101)

La enseñanza de la Iglesia, dada por Cristo, es el problema. Se le pide a la Iglesia que discuta seriamente el descartar las enseñanzas que contradicen las creencias y deseos de:

– los que viven en segundos «matrimonios» adúlteros,

– los hombres que tienen dos o tres o más esposas,

– los homosexuales y bisexuales,

– las personas que creen que no son del sexo con el que han nacido,

– las mujeres que quieren ser ordenadas diáconos y sacerdotes,

– laicos que quieren la autoridad dada por Dios a los obispos y sacerdotes.

¿Hay algo aquí que refuerce o promueva la fidelidad a las enseñanzas de Cristo? Por supuesto que no. Se trata de cambiar la Iglesia.

Alguien del Reino Unido hizo el comentario más pertinente de todo el documento: «Desconfío del Sínodo. Creo que ha sido convocado para cambiar aún más las enseñanzas de Cristo y herir más a su Iglesia». (¶18)

En la siguiente fase de este proceso social autodestructivo -las Asambleas Continentales previstas para principios de 2023- se instruye a los obispos del mundo para que:

todas las Asambleas sean eclesiales y no meramente episcopales, procurando que su composición represente adecuadamente la variedad del Pueblo de Dios: obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, laicos y laicas (…) es importante prestar especial atención a la presencia de mujeres y jóvenes (laicos y laicas, consagrados y consagradas en formación, seminaristas); personas que viven en condiciones de pobreza o marginación, y quienes tienen contacto directo con estos grupos y personas; delegados fraternos de otras confesiones cristianas; representantes de otras religiones y tradiciones de fe; y algunas personas sin afiliación religiosa. (¶108)

Teniendo en cuenta esta lista, los obispos serán una minoría.

¿Y su papel? «Se les pide que identifiquen las formas apropiadas para llevar a cabo su tarea de validar y aprobar el Documento Final, asegurando que sea el fruto de un camino auténticamente sinodal, respetuoso con el proceso que ha tenido lugar y fiel a las diversas voces del Pueblo de Dios en cada continente». (¶108)

En otras palabras, los obispos deben funcionar como secretarios de actas. No se les aconseja que aseguren la fidelidad de la asamblea a la enseñanza de la Iglesia.

El DT pide que la Iglesia funcione con «transparencia». (¶79) Un buen punto de partida sería que la Secretaría del Sínodo publicara todos los escritos recibidos. ¿Alguno, por ejemplo, lamenta la pérdida de la fe en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía; la falta de vocaciones sacerdotales en el mundo desarrollado; el fuerte descenso de la asistencia a la Misa, de los bautismos y de las bodas en la Iglesia; el escándalo de los obispos y cardenales que contradicen repetidamente la enseñanza de la Iglesia en público; la pérdida de fieles católicos en favor de las iglesias evangélicas; el colapso del sistema escolar católico en el mundo desarrollado; el fenómeno generalizado de los abusos litúrgicos, mientras que la celebración de la misa tradicional en latín está duramente restringida o incluso prohibida; el colapso de las órdenes religiosas debido a la secularización y al rechazo de la fidelidad doctrinal y la vida ascética?

Es evidente que se está produciendo una revolución abierta en la Iglesia de hoy, un intento de convencernos de que abrazar la herejía y la inmoralidad no es pecado, sino una respuesta a la voz del Espíritu Santo que habla a través de personas que se sienten marginadas por una Iglesia que, hasta ahora, ha sido infiel a su misión.

El DT afirma: «Utilizando una imagen bíblica, se podría decir que el camino sinodal marcó los primeros pasos del retorno de una experiencia de exilio colectivo, cuyas consecuencias afectan a todo el Pueblo de Dios: si la Iglesia no es sinodal, nadie puede sentirse realmente en casa». (¶24)

Recemos para que los Padres sinodales, y todos los obispos, se levanten y defiendan la enseñanza y la práctica de la Iglesia contra este ejercicio de autodestrucción patrocinado por el Vaticano. Las almas están en juego.

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The Eve of the Deluge by William Bell Scott, 1865 [The Tate, London]. A “debauched eastern prince and his court with Noah and his family who, only too aware of the significance of the ominous cloud in the sky, are entering the Ark.”

Acerca del autor:

El reverendo Gerald E. Murray, J.C.D. es abogado canónico y pastor de la iglesia Holy Family en la ciudad de Nueva York. Su nuevo libro (con Diane Montagna), Calming the Storm: Navigating the Crises Facing the Catholic Church and Society, ya está disponible.
carlos roberto maraveles perez
¿ mas destructivo que el CVII ? solo se proponen destruir los escombros. Todo ya había sido derrumbado ... piedra sobre piedra. sigan llamando "santidad" al destructor y elevando a los altares a los apostatas ( Roncalli, Montini y Wojtila y entonces ya nada tendrá remedio.