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INTERROGACIÓN y MARTIRIO de SAN IGNACIO de ANTOQUÍA (30-107)
Antioquía de Siria (hoy Antakya en Turquía) era la tercera ciudad más importante del Imperio romano, después de Roma y Alejandría. No tenía buena reputación pues gran parte de su economía estaba orientada al ocio y el disfrute. Su carácter libre y cosmopolita atraía a mucha gente que emigraba de diversos lugares trayendo sus costumbres y creencias. También tiene una de las comunidades cristianas más importantes e influyentes de la época. Allí viven muchos cristianos de procedencia judía que huyeron de la destrucción de Jerusalén ocurrida en el año 70, como el apóstol Bernabé. Antioquía es el primer lugar donde «los discípulos fueron llamados cristianos», es decir, el primer lugar donde dejan de ser llamados judíos. Posteriormente, el modelo cristiano practicado en Antioquía es exportado por Pablo a otras ciudades del imperio formando de esta manera comunidades de "cristianos gentiles". Por eso, Antioquía es llamada "madre de las iglesias de la gentilidad".
Habiendo nacido en Antioquía en el siglo I, una leyenda identifica a Ignacio con el niño que nuestro Señor Jesús tomó en sus brazos y que le sirve para enseñar sobre la humildad (cf. Mc 9,36). Ignacio se hace discípulo del Apóstol Pablo y más tarde aparentemente del Apóstol Juan. De sobrenombre lo llaman "Teóforo" (portador de Dios). Recibe de ellos las Sagradas Escrituras; en sus cartas encontramos numerosas citas literales de los Evangelios sinópticos. Recibe de ellos también la Revelación transmitida oralmente. Esto lo capacita para ser un intérprete veraz de la Revelación escrita. Es consagrado obispo de manos de los Apóstoles Pedro y Pablo, y nombrado tercer obispo de Antioquía, siendo san Pedro y san Evodio los dos primeros. Se lo incluye entre los Padres Apostólicos que son los que conocieron a los Apóstoles, y cuyas enseñanzas pueden considerarse como eco bastante directo de la predicación de los Apóstoles.
El emperador Trajano al principio respeta a los cristianos, pero por gratitud a sus dioses tras su victoria sobre los dacios y escitas, comienza a perseguir a quienes no los adoraban. El destino de Ignacio será morir en el circo romano durante los festejos del triunfo, y en el curso de la navegación escribe cartas que son uno de los testimonios más impresionantes de la fe ante el martirio que nos ha legado la Iglesia primitiva; en especial la que dirige a los fieles de Roma, pidiéndoles que no intercedan por él a fin de que «nada me impida ahora alcanzar la herencia que me está reservada llegar a ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo».
Las numerosas paradas en la navegación dan a Ignacio oportunidad de confirmar en la fe a las iglesias cercanas a la costa de Asia Menor. Dondequiera que el barco atraca, acuden los obispos y presbíteros a saludarlo, y se reúnen grandes multitudes para recibir su bendición. Se designan también delegaciones que lo escoltan en el camino.
Ignacio escribió cartas a las comunidades cristianas de Éfeso, Magnesia del Meandro, Trales, Roma, Filadelfia y Esmirna. En ésta tiene la alegría de encontrar a su antiguo condiscípulo san Policarpo; al obispo Onésimo quien va a la cabeza de una delegación de Éfeso; al obispo Dámaso, con enviados de Magnesia, y al obispo Polibio de Trales.
Ignacio de Antioquía escribe camino de su martirio uno de los más hermosos cantos que jamás hayan salido del espíritu humano, un himno de amor a Cristo y a su Iglesia; Ignacio nunca separa ambas cosas. Para él la señal infalible del amor de los bautizados hacia el Señor y la presencia del Espíritu en ellos consiste en la unidad de cada una de las Iglesias en torno a su obispo, y la de todas ellas en la única Iglesia:
«No tienen que tener sino un solo sentir con su obispo», escribe a los efesios. Los felicita, por otra parte, pues se encuentran estrechamente unidos, «como la Iglesia lo está con Jesucristo y Jesucristo con su Padre, dentro de la armonía de la unidad universal».
Custodiado por feroces guardias, «los diez leopardos», como él dice, porque «cuantas más bondades recibían, peores se volvían … con sus malos tratos me voy haciendo discípulo», Ignacio, sin alardes de jactancia ni gestos estoicos, ve la vida y la muerte como cosas entregadas, que casi no le pertenecen.
Al aproximarse a Roma, los fieles salen a recibirlo y se regocijan al verlo, pero lamentan tener que perderlo tan pronto. Como Ignacio había previsto, desean tomar medidas para liberarlo, pero les ruega en una carta los cristianos de Roma, la Iglesia «que preside en la caridad», que no le impidan llegar al Señor, que no hicieran valer su dignidad para alejarlo del martirio: «Déjenme recibir la luz pura. Mi deseo terreno ha quedado crucificado, y ya no queda en mí sino un agua pura que murmura: ven hacia el Padre … Conténtense con pedir que tenga fuerza, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino en la realidad».
Entonces, arrodillándose con sus hermanos, ruega por la Iglesia, por el fin de la persecución y por la caridad y concordia entre los fieles. Ignacio llega a Roma el 20 de diciembre, último día de los juegos públicos, y es conducido ante el prefecto de la ciudad, a quien entregan la carta del emperador. Entonces lo llevan apresuradamente al anfiteatro flaviano, donde le sueltan dos fieros leones, que inmediatamente lo devoran, y sólo dejan los huesos más grandes. Así fue escuchada su oración.
San Jerónimo escribe en 392 que los restos del mártir fueron llevados a Antioquía «a un cementerio fuera de la puerta de Dafnis», para ser venerados por sus fieles de un modo que no llamara la atención.
San Ignacio, siendo gran pastor y teólogo, presenta con claridad y lucidez la doctrina católica ampliamente reconocida en su tiempo como apostólica. Sus siete cartas demuestran claramente la catolicidad de los albores del cristianismo. Es el primero en usar la palabra Eucaristía para referirse al Santísimo Sacramento, y el primero en llamar a la Iglesia Católica (universal), incluyendo en ella a todos los que son fieles a la verdad.
«Rueguen incesantemente por el resto de los hombres —porque hay en ellos esperanza de arrepentimiento— para que lleguen a Dios. Por lo tanto instrúyanlos con el ejemplo de sus obras. Cuando ellos estallen en ira, ustedes sean mansos; cuando se vanaglorien al hablar, sean ustedes humildes; cuando los injurien a ustedes, oren por ellos; si ellos están en el error, ustedes sean constantes en la fe; ante su furia, sean ustedes apacibles. No ansíen el desquite. Que nuestra indulgencia les muestre que somos sus hermanos. Procuremos ser imitadores del Señor, esforzándonos para ver quién puede sufrir peores injusticias, quién puede aguantar que lo defrauden, que lo rebajen a la nada; que no se encuentre en ustedes cizaña del diablo, sino con toda pureza y sobriedad vivan en Cristo Jesús en carne y en espíritu».