Evangelio y reflexión del jueves 20 de junio de 2019

Evangelio y reflexión del jueves 20 de junio de 2019 por el P. Pedro Brassesco
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2 Corintios 11,1-11: Os anuncié de balde el Evangelio de Dios. San Pablo se defiende de falsas acusaciones. Estas siempre existirán por causa de la envidia
Con el Salmo 110 decimos: «Justicia y verdad son las obras de tus manos, Señor». La fidelidad de Dios permanece para siempre y sus preceptos siguen siendo fuente de vida y manifestación de su bondad y de su justicia. En Cristo se manifestó de …
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2 Corintios 11,1-11: Os anuncié de balde el Evangelio de Dios. San Pablo se defiende de falsas acusaciones. Estas siempre existirán por causa de la envidia
Con el Salmo 110 decimos: «Justicia y verdad son las obras de tus manos, Señor». La fidelidad de Dios permanece para siempre y sus preceptos siguen siendo fuente de vida y manifestación de su bondad y de su justicia. En Cristo se manifestó de un modo insuperable la bondad, la fidelidad, la justicia de Dios y su inmenso amor a los hombres: «Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman. Esplendor y belleza son su obras, su generosidad dura por siempre; ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente. Justicia y verdad son las obras de sus manos, todos sus preceptos merecen confianza; son estables para siempre jamás, se han de cumplir con verdad y rectitud». Es lo que hizo San Pablo ante los Corintios.

Mateo 6,7-15: La oración del Padrenuestro. Comenta San Juan Crisóstomo,

«Mirad cómo de pronto levanta el Señor a sus oyentes y desde el preámbulo mismo de la oración nos trae a la memoria toda suerte de beneficios divinos. Porque quien da a Dios el nombre de Padre por ese sólo nombre confiesa ya que se le perdonan los pecados, que se le remite el castigo, que se le justifica, que se le santifica, que se le redime, que se le adopta como hijo, que se le hace heredero, que se le admite a la hermandad con el Hijo unigénito, que se le da el Espíritu Santo. No es, en efecto, posible darle a Dios el nombre de Padre y no alcanzar todos esos bienes. De doble manera, pues, levanta el Señor los pensamientos de sus oyentes: por la dignidad del que es invocado y por la grandeza de los beneficios que de Él habían recibido» (Homilía 19,4, sobre San Mateo).