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DOMINGO VI de PASCUA 2019

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Día 26 VI Domingo de Pascua Podemos amar a Dios. He aquí la gran verdad que dignifica la vida del hombre por encima de cualquier otra circunstancia que pudiera ennoblecerla. Podemos amar a Dios, y …More
Día 26 VI Domingo de Pascua Podemos amar a Dios. He aquí la gran verdad que dignifica la vida del hombre por encima de cualquier otra circunstancia que pudiera ennoblecerla. Podemos amar a Dios, y Jesucristo nos ha revelado cómo hacerlo a partir de su venida: los Evangelios vienen a ser una larga aclaración de lo que somos y estamos destinados a ser por voluntad de Dios, nuestro Creador y Señor. Amar a Dios es, según las palabras de san Juan que hoy consideramos, una posibilidad para cada uno. Llega a ser efectivo sólo si queremos, si nos decidimos por Dios: si alguno me ama... La expresión de Jesús, que nos ama entrañablemente entregándose por el mundo, nos conmueve. No quiere imponerse. Debe ser una decisión de cada uno, un querer nuestro el amarle. El ama hasta el fin, había dicho a sus discípulos poco antes de pronunciar las palabras que hoy consideramos. Y les explica ahora lo que supondrá el amor de Dios para quien le acoja: mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. No cabe pensar en mayor intimidad ni en mayor donación. No es posible correspondencia más generosa: a nuestro amor –siempre pobre, por grande y rendido que sea– Dios responde enriqueciéndonos consigo mismo, tesoro del todo inapreciable. Pero consideremos hoy de modo expreso, que el amor nuestro a ese Dios, capaz de inundarnos de Sí mismo, no debemos presuponerlo fácilmente, ni es real en cada uno sólo con la intención de amarle. Si alguno me ama, guardará mi palabra (...). El que no me ama, no guarda mis palabras, dijo a los discípulos, y nos ha dicho a los cristianos de todos los tiempos. "Obras son amores", se suele decir. Para que no nos engañemos pensando que realmente amamos con sentimentalismos ineficaces, estériles; que podrían conmovernos, sí, y hasta consolarnos, pero aportarían poco a quien pretendemos querer, si no se acompañan de la entrega generosa de nosotros mismos. Es necesario que hoy y siempre nos preguntemos si nuestras disposiciones y obras finalmente manifiestan que guardamos la palabra del Señor. Miremos lo que hemos hecho y cómo lo hicimos. Enseguida nos vendrá la respuesta al por qué de esa actuación, precisamente así. Si queremos otra cosa y no tanto agradar a Dios en cada instante, querremos rectificar, con ayuda de la Gracia, porque desde el fondo del corazón, sinceramente, reconocemos que no se cumple así la voluntad de Dios. Jesús se remite al Padre. Invoca para sus discípulos la autoridad de su Padre, aunque sea igual a Él en dignidad y poder. Y al Espíritu Santo, el Paráclito que el Padre enviará en su nombre: Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho. Por su acción tendremos ocasión de ver a los Apóstoles audaces, entusiasmados, hasta padecer, si era preciso, por Cristo y por su doctrina. Es la acción misteriosa pero notoria de Dios en su criatura, a la que ama paternalmente: a nosotros; mientras nos debatimos, dialogando tal vez con la comodidad, la vanidad, la sensualidad...; y también con el deseo contrario –sincero, por otra parte– de agradar a Dios, amándole, con nuestra vida.