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The Jesus Film - Tzeltal / Tzeltal, Oxchuc Language (Mexico)

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The Story of the Life and Times of Jesus Christ (Son of God). According to the Gospel of Luke. (Mexico) Tzeltal / Tzeltal, Oxchuc Language. God Bless You All. Cristo en el catolicismo[editar] La luz …More
The Story of the Life and Times of Jesus Christ (Son of God). According to the Gospel of Luke. (Mexico) Tzeltal / Tzeltal, Oxchuc Language. God Bless You All.

Cristo en el catolicismo[editar]

La luz del mundo(1853), de William Holman Hunt, Keble College, Universidad de Oxford. Cristo llama a una puerta que representa el alma humana y lleva un farol en alusión a su frase «yo soy la luz del mundo, aquel que me siga no andará en las tinieblas, pues tendrá la luz de la vida» (Juan, 8:12).

Para el catolicismo, Cristo es el Hijo de Dios hecho hombre para la salvación del género humano, y esa es la «Buena Nueva»: Dios ha enviado a su Hijo.36 Hijo de Dios hecho hombre: para la Iglesia católica esto significa que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, se hizo hombre en el seno de María. Cristo, siendo una sola Persona divina, es perfecto Dios y perfecto hombre. Esta doctrina encuentra sus antecedentes en distintos textos de la Sagrada Escritura, entre los que se puede citar:

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.
Evangelio según San Juan 1:1. Ed. BdJ

Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros...
Evangelio según San Juan 1:14. Ed. BdJ

Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.»
Evangelio según San Juan 20:28. Ed. BdJ

...y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.
Epístola de San Pablo a los Romanos 9:5. Ed. BdJ.

El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre.
Epístola de San Pablo a los Filipenses 2:6-11 Ed. BdJ

...aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo...
Epístola de San Pablo a Tito 2:13 Ed. BdJ

Se han producido dentro de la Iglesia católica distintos debates referidos a cómo deben interpretarse estas afirmaciones. Su posición oficial ha quedado fijada en las decisiones de los distintos Concilios:

El Primer Concilio de Nicea, en el año 325, el primer concilio ecuménico que la Iglesia católica pudo realizar terminadas las persecuciones que padeció sus primeros 300 años, profundizó los textos bíblicos citados, afirmando que Jesucristo es consustancial al Padre (de la misma sustancia que el Padre), es decir, verdadero Dios.

El Primer Concilio de Constantinopla, en el año 381, continuó con la profundización de la doctrina, redactando el Credo Niceno-Constantinopolitano:

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Los Concilios siguientes han continuado precisando la doctrina:

El Concilio de Éfeso (año 431), definió que el Cristo histórico es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre, y como consecuencia necesaria, María es madre de Dios.37

El Concilio de Calcedonia (año 451), precisó y formuló la existencia de las dos naturalezas divina y humana en la Persona única de Cristo.38

En el Segundo Concilio de Constantinopla (año 553), quedó precisada la unión de las naturalezas divina y humana insistiendo en la unicidad de la Persona de Cristo.39

El Tercer Concilio de Constantinopla (años 680-681), proclamó la existencia en Cristo de dos voluntades, la humana y la divina.40

Estas precisiones han surgido como respuesta a distintas doctrinas que fueron apareciendo. Por ejemplo:

El monarquianismo o adopcionismo: Jesús era un simple ser humano, elevado a una dignidad similar a la de Dios luego de su muerte.

El apolinarismo: en Cristo el espíritu estaba sustituido por el Logos divino, con lo que implícitamente negaba la naturaleza humana completa del Redentor.

El arrianismo: Jesús fue creado por Dios como el primer acto de la Creación, coronación gloriosa de toda la creación. Entonces, Jesús fue un ser creado con atributos divinos, pero no divino en y por Sí mismo.

El monofisismo o eutiquianismo: afirma que en Cristo existe una sola naturaleza, la divina.

El nestorianismo: afirmaba que en el Verbo existen dos personas: la divina (Cristo, hijo de Dios) y la humana (Jesús, hijo de María). Por tanto, María no es Madre de Dios, es madre de Cristo.

El monotelismo: afirmaba que en Cristo existían dos naturalezas (como en el catolicismo), pero solo la voluntad divina.

En todas ellas, la Iglesia ha visto en el fondo la negación de la redención, porque creían que era necesario que Cristo fuera Dios, para poder redimir; que fuera hombre, para poder padecer; y que fuera una sola persona, para poder referir la divinidad y la humanidad «en concurrencia inefable y misteriosa en la unidad».41

Para la Iglesia católica, Cristo, en el mundo actual, es «Lumen Gentium», «Luz de los pueblos».42 Por ello san Juan Pablo II, en la homilía de comienzo de su pontificado, exclamaba: «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!».43

Más recientemente, el Papa Francisco ha expresado:

Jesús es Dios, pero se ha abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos ilumina en nuestro camino. Y así lo hemos acogido hoy. Y esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo.
Papa Francisco, homilía en Misa por Domingo de Ramos 2013.44

Véase también: Disputas cristológicas

Nacido de María Virgen[editar]

Imagen del Cristo Redentor en la ciudad y puerto de Río de Janeiro, Brasil.

El Catecismo de la Iglesia católica destaca que «los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra».45

La Iglesia católica resalta el papel de María en la concepción virginal de Cristo, en su relación de fe hacia Él y en la redención por él obrada. Los Padres de la Iglesia abordaron la íntima unión de Cristo y María en la obra de la redención. Por ejemplo:

Adán, en efecto, fue recapitulado en Cristo, para que esto que es mortal fuera engullido en la inmortalidad, y Eva en María, para que una virgen convertida en abogada de una virgen disolviese y anulase con su obediencia de virgen la desobediencia de una virgen.
San Ireneo de Lyon (mártir y Padre de la Iglesia, f. 202)

Por un lado, la Iglesia católica sostiene que Dios ha preparado a María para tal misión, «en atención a los méritos de Cristo Jesús», preservándola del pecado original, en lo que se denomina su Inmaculada Concepción46 y concediéndole multitud de gracias, las que ella misma reconoció diciendo: «Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas»47 y a las que ella correspondió con absoluta fidelidad y entrega.n 3

Por otro, ha visto en el sí de María, al aceptar el ofrecimiento del ángel a ser madre de Jesús, el sí de la humanidad, que aceptaba a través de ella la salvación que traería Cristo.n 4

Por el hecho de ser madre de Cristo, que según se ha visto la Iglesia católica enseña que es la segunda Persona de la Santísima Trinidad que se hizo hombre sin perder su condición divina, la Iglesia la llama Madre de Dios.48

Los evangelios detallan los hechos de la vida de Cristo más sobresalientes, sin embargo, en los mismos no pasa desapercibida la discreta presencia de María: el Hijo de Dios se hace hombre luego de su consentimiento;49 los pastores y los magos encuentran al Niño Prometido junto a ella;50 Cristo hace su primer milagro a su pedido;51 está firme al pie de la Cruz, junto a su Hijo.52 La Iglesia ha visto en las palabras de Jesús: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» y a Juan: «Hijo, ahí tienes a tu madre»53 la entrega de María como madre de todos los cristianos, representados en la persona de Juan, por lo que es llamada «Madre de la Iglesia».54 Y ella, que «conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón»,55 perseveraba en la oración junto a la Iglesia naciente, según cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles.56 El Apocalipsis habla de una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza y que da a luz un hijo varón que derrotará al dragón infernal.57

En la misma promesa del Redentor, contenida en el libro del Génesis, se habla de una mujer, de la que nacería el vencedor de la serpiente:

Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón.
Génesis

A este respecto comenta san Alfonso María de Ligorio: «ya desde el principio de la Humanidad, Dios predijo a la serpiente infernal la victoria y el dominio que había de ejercer sobre él nuestra reina al anunciar que vendría al mundo una mujer que lo vencería […] ¿Y quién fue esta mujer su enemiga sino María, que con su preciosa humildad y vida santísima siempre venció y abatió su poder? «En aquella mujer fue prometida la Madre de nuestro Señor Jesucristo», dice san Cipriano. Y por eso argumenta que Dios no dijo «pongo», sino «pondré», para que no se pensara que se refería a Eva».58

San Agustín, comentando el pasaje donde una mujer le dice a Jesús: «dichoso el vientre que te llevó» y el Señor contestó: «mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen»,59 dice que esto significa que María, no solamente escuchó la palabra y la cumplió60 sino que es más feliz por haber concebido a Cristo en su mente mediante la fe, que por haberlo llevado en su seno.61 A través de ella, la misma «Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros».62

Por esta elección de Dios y su correspondencia por parte de María, ha visto la Iglesia en ella un modelo de perfecta cristiana, y un camino para llegar a Cristo. n 5 n 6 n 7

Cristo y la Iglesia[editar]

Placa con los datos de la imagen del Cristo de la Concordia en Cochabamba, Bolivia.

Imagen del Cristo o Nazareno Negro en su altar en Manila, Filipinas.

En el Evangelio de Mateo, Jesús habla de «su Iglesia».63 La palabra «iglesia» viene del griego ecclesia, que significa ‘asamblea’. San Pablo de Tarso dice que la iglesia es el cuerpo de Cristo.64

La Iglesia católica afirma ser ella la iglesia fundada por Cristo,65 exhibiendo entre otros argumentos, la sucesión apostólica: todos los obispos católicos han sido ordenados por otro obispo, y así, remontándose hacia atrás, se llegará a uno de los apóstoles elegidos por Cristo. Dice así san Ireneo de Lyon:

Pero la tradición de los apóstoles está bien patente en todo el mundo y pueden contemplarla todos los que quieran contemplar la verdad. En efecto, podemos enumerar a los que fueron instituidos por los apóstoles como obispos sucesores suyos hasta nosotros.
San Ireneo de Lyon (mártir y Padre de la Iglesia, f. 202), «Tratado contra las herejías» (alrededor del año 190)

Según la Iglesia, solo en ella puede encontrarse la plenitud total de los medios de salvación dados por Cristo.66 Sin embargo, ella misma enseña que fuera de sus límites visibles, hay muchos elementos de santificación y de verdad.67

Cristo y el papa[editar]

Según el catolicismo, dentro de la sucesión apostólica que concierne a todos los obispos, está la del Obispo de Roma, el papa, sucesor de san Pedro hasta nuestros días. (Véase Lista de papas). La Iglesia católica afirma que Cristo constituyó jefe de su Iglesia a San Pedro y en él a sus sucesores:

Enseñamos, pues, y declaramos que, según los testimonios del Evangelio, el primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal de Dios fue prometido y conferido inmediata y directamente al bienaventurado Pedro por Cristo Nuestro Señor. Porque solo a Simón —a quien ya antes había dicho: Tú te llamarás Cefas [Ioh. 1, 42]—, después de pronunciar su confesión: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, se dirigió el Señor con estas solemnes palabras: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y cuanto atares sobre la tierra, será atado también en los cielos; y cuanto desataras sobre la tierra, será desatado también en el cielo [Mt. 16, 16 ss]. [Contra Richer, etc.; v. 1503]. Y solo a Simón Pedro confirió Jesús después de su resurrección la jurisdicción de pastor y rector supremo sobre todo su rebaño, diciendo: «Apacienta a mis corderos». «Apacienta a mis ovejas» [Jn. 21, 15 ss].
Constitución dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I68

La Iglesia enseña que el papa es el «principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles».69 Por esto, san Ambrosio de Milán pudo decir: «allí donde está Pedro, allí está la Iglesia».70

Con referencia a esto, continúa san Ireneo de Lyon en la cita que se transcribió en la sección referida a Cristo y la Iglesia:

Sería muy largo en un escrito como el presente enumerar la lista sucesoria de todas las Iglesias. Por ello indicaremos cómo la mayor de ellas, la más antigua y la más conocida de todas, la Iglesia que en Roma fundaron y establecieron los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo, tiene una tradición que arranca de los apóstoles y llega hasta nosotros, en la predicación de la fe a los hombres (cf. Rom. 1, 8), a través de la sucesión de los obispos. […] En efecto, con esta Iglesia (de Roma), a causa de la mayor autoridad de su origen, ha de estar necesariamente de acuerdo toda otra Iglesia, es decir, los fieles de todas partes; en ella siempre se ha conservado por todos los que vienen de todas partes aquella tradición que arranca de los apóstoles.
San Ireneo de Lyon (mártir y Padre de la Iglesia, f. 202)

Y san Cipriano de Cartago:

El Señor habla a san Pedro y le dice: «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Y aunque a todos los apóstoles confiere igual potestad después de su resurrección y les dice: «Así como me envió el Padre, también os envío a vosotros. Recibid el Espíritu Santo. Si a alguno perdonareis los pecados, le serán perdonados; si alguno se los retuviereis, le serán retenidos», sin embargo, para manifestar la unidad estableció una cátedra, y con su autoridad dispuso que el origen de esta unidad empezase por uno. Cierto que lo mismo eran los demás Apóstoles que Pedro, adornados con la misma participación de honor y potestad, pero el principio dimana de la unidad. A Pedro se le da el primado, para que se manifieste que es una la Iglesia de Cristo.
San Cipriano de Cartago (mártir y Padre de la Iglesia, f. 258) «De la unidad de la Iglesia» (4, 5)

La Palabra de Cristo y su interpretación en la Iglesia católica[editar]

Cristo de Medinaceli, conocido también como el Señor de Madrid, en su paso en Madrid, España.

Para la Iglesia, las enseñanzas de Dios están contenidas en la Biblia y en la transmisión oral de la predicación de los apóstoles, llamada Tradición Apostólica. A su vez, estas enseñanzas han llegado a los hombres de todos los tiempos a través del Magisterio de la Iglesia, ejercido por los obispos, sucesores de los apóstoles, en comunión con el sucesor de San Pedro, el Papa.

La interpretación de la Palabra en la Iglesia católica no es libre. Tratándose de la Sagrada Escritura, por ejemplo, la Iglesia enseña que debe hacerse “estando atentos a los que los autores humanos quisieron verdaderamente afirmar y a lo que de Dios quiso manifestarnos mediante sus palabras”.71

Esta interpretación es realizada por la Iglesia, “columna y fundamento de la verdad”, como dice San Pablo.72 Y fue ejercida desde el comienzo, por los mismos apóstoles: “El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido…”.73

La Iglesia primitiva no tenía Nuevo Testamento. La misma inclusión de los libros sagrados en el canon bíblico, ha sido un acto del Magisterio eclesiástico.n 8 El resto de las confesiones cristianas han heredado la Biblia (el Nuevo Testamento al menos) tal como quedó fijado por la Iglesia católica.

Ya desde el comienzo del cristianismo, surgieron opiniones divididas respecto a las enseñanzas transmitidas por Jesucristo. Por ejemplo el apóstol san Juan dice, refiriéndose a los disidentes: «ellos salieron de entre nosotros, sin embargo, no eran de los nuestros».74

La Iglesia entiende que Dios, al revelar su palabra a través de Cristo, constituyó al mismo tiempo una autoridad presente en todos los tiempos, encargada de interpretarla sin equivocarse, a fin de mantener “la pureza de la fe transmitida por los apóstoles”, de otra manera no habría modo de saber sin que quede lugar a dudas cuál es la interpretación correcta. Esta capacidad de la Iglesia de interpretar sin equivocarse la palabra de Cristo, la Iglesia la llama “infalibilidad”, y ella entiende que la ha recibido de Cristo, conjuntamente con la misión de difundir su palabra.75

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral... La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un Concilio ecuménico (LG 25; cf. Vaticano I: DS 3074).
Catecismo de la Iglesia católica, 891

La gracia de Cristo en los sacramentos[editar]

La Última Cena, Juan de Juanes, c. 1562, óleo sobre tabla, 116 × 191 cm, Museo del Prado, Madrid.

Algunos párrafos del Catecismo de la Iglesia católica donde se explica la doctrina acerca de los sacramentos:

Los siete sacramentos son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es su Cuerpo.
Catecismo de la Iglesia católica, 774

Sentado a la derecha del Padre y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo.
Catecismo de la Iglesia católica, 1084

Hay en la Iglesia siete sacramentos: bautismo, confirmación o crismación, eucaristía, penitencia, unción de los enfermos, orden sacerdotal y matrimonio (cf. DS 860; 1310; 1601).
Catecismo de la Iglesia católica, 1113

Adheridos a la doctrina de las Santas Escrituras, a las tradiciones apostólicas y al sentimiento unánime de los Padres, profesamos que los sacramentos de la nueva Ley fueron todos instituidos por nuestro Señor Jesucristo (DS 1600-1601).
Catecismo de la Iglesia católica, 1114

La eucaristía como actualización del sacrificio de Cristo[editar]

Artículo principal: Eucaristía

Especial mención merece la eucaristía. La Iglesia católica cree que la eucaristía o Santa Misa fue instituida por Cristo cuando en la Última Cena dijo: «Tomad y comed: esto es mi cuerpo», «Tomad y bebed, esto es mi sangre», «haced esto en conmemoración mía».76 Ella cree que en cada eucaristía se hace presente (“se re-presenta”) el sacrificio que Cristo hizo en la cruz de una vez para siempre, se perpetúa su recuerdo a través de los siglos y se aplica su fruto.77 Y que el sacrificio de la cruz y el sacrificio de la eucaristía son un único sacrificio, ya que tanto en uno como en otro, Cristo es el sacerdote que ofrece el sacrificio y la víctima que es ofrecida. Se diferencian sólo en la forma en que se ofrece el sacrificio. En la cruz Cristo lo ofreció en forma cruenta, y por sí mismo, y en la Misa en forma incruenta y por ministerio de los sacerdotes.78 Por esto san Juan Pablo II pudo decir que en la eucaristía “está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos”.79

La eucaristía como presencia real de Cristo en el mundo[editar]

La Iglesia cree que Cristo mismo está presente en la eucaristía. Esta presencia no la entiende como la que se da en una efigie, imagen, símbolo o recordatorio, sino que ella cree que está Él en persona, vivo y entero, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, de una forma “verdadera, real y sustancial”.80

Por esto san Juan Crisóstomo pudo decir: «Cuánta gente dice hoy: ‘Querría ver a Cristo en persona, su cara, sus vestidos, sus zapatos’. ¡Pues bien, en la eucaristía es a él al que ves, al que tocas, al que recibes! Deseabas ver sus vestidos; y es él mismo el que se te da no sólo para verle, sino para tocarlo, comerlo, acogerlo en tu corazón».81

Y san Juan Pablo II: «La Iglesia ha recibido la eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sean muy valiosos, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación».82

La Iglesia entiende que la eucaristía se destaca del resto de los sacramentos ya que mientras ellos tienen la misión de santificar, en la eucaristía se halla el autor mismo de la santidad.83 Por ello es llamada "Santísimo Sacramento del Altar", "Santísimo Sacramento", o sencillamente "Santísimo".

Cristo ha prometido la vida eterna a quienes lo reciben en este Sacramento:

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Juan 6:54-56.
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