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DOMINGO XXI del T O 2019

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Día 25 XXI Domingo del Tiempo Ordinario Ningún ideal se hace en realidad sin sacrificio. Esta afirmación, bastante evidente, por otra parte, es un lugar común en la enseñanza pastoral de san …More
Día 25 XXI Domingo del Tiempo Ordinario Ningún ideal se hace en realidad sin sacrificio. Esta afirmación, bastante evidente, por otra parte, es un lugar común en la enseñanza pastoral de san Josemaría, y viene a ser una síntesis de la respuesta de Jesús al que le pregunta sobre el número de los que alcanzan la Gloria Eterna. Que es necesario esfuerzo por lograr los objetivos que se valoran, está a la orden del día. A más alto el objetivo, más suele costar y a nadie le extraña. Sucede tanto en el precio económico de los diversos objetos, como, por ejemplo, en el tiempo que hace falta –más número de meses, o incluso de años– para culminar con éxito ciertos estudios, para dominar con virtuosismo un instrumento musical o para destacar en ejercicio de la propia profesión o en un deporte. Pero no hay ideal mayor que la Eterna Bienaventuranza. Sin embargo, y por contradictorio que parezca, no pocos piensan que tiene poca razón de ser el esfuerzo, el sacrificio o la renuncia a otras cosas, que se exige como clara condición para llegar al Reino de los Cielos. No se trata, evidentemente, de un imperativo que impone la Iglesia, ni tampoco una exigencia, más bien de tiempos pasados. Los preceptos de la Ley de Dios, aunque se quieran considerar negativamente, no dejan de ser condiciones de posibilidad para gozar de Dios, como lo es abonar el precio de la localidad para contemplar una película o asistir a un concierto. Nuestro Creador y Señor ha dispuesto que podamos conseguir el ideal de nuestra máxima plenitud, de modo semejante a como logramos los otros objetivos que nos interesan: esos que nos proponemos cada día en la vida corriente. De este modo nuestra respuesta a Dios se integra de modo natural en el quehacer humano. Se entiende bien, por eso, que exista un castigo reservado por Dios para los que libremente no quisieron vivir de acuerdo con las exigencias propia de su condición de criatura; también son castigados, en cualquier sociedad organizada, los que se apartan de unas de normas mínimas que permitan la convivencia. Las penas, que deben ser proporcionadas a la gravedad de los delitos, en ciertas circunstancias se prevén incluso para toda la vida y, en algunos lugares, es legal hasta la pena de muerte. En todo caso, Jesucristo reveló la existencia del infierno de los condenados, para el castigo eterno de los rebeldes al amor de Dios. La magnitud del castigo es otro argumento a favor de la infinita dignidad del ofendido: el tamaño de la pena justamente merecida depende de la magnitud de la ofensa, y ésta de la categoría del ofendido; en este caso, el mismo Dios. Por otra parte, de la existencia del infierno se puede deducir el tesoro de grandeza que salvaguarda y, por tanto, el logro inconmensurable que supone la adhesión a Él. En cierto sentido, el Cielo y el Infierno parecen exigirse mutuamente hasta desde un punto de vista racional, en consonancia con la justicia divina. Pero para que ninguno pueda estar desprevenido, quiso Nuestro Señor referirse de modo expreso a su existencia. Además, ha habido revelaciones privadas acerca de existencia del infierno y de las penas que padecen los condenados. Así lo describe, por ejemplo, sor Lucia, una de las videntes de Fátima: