Clicks156
jamacor
11

“Así será el pueblo como así sean sus sacerdotes” SICUT POPULUS, SIC SACERDOS

“Así será el pueblo como así sean sus sacerdotes” SICUT POPULUS, SIC SACERDOS

Javier Navascués, el 25.03.19 a las 8:22 AM

En medio de una gravísima crisis de la postmodernidad, con el relativismo desatado a modo de lepra contagiosa, no todo está perdido. Se puede recuperar la salud de las almas mientras haya católicos dispuestos a vivir la santidad. Se necesitan almas que se jueguen su tiempo, su seguridad, su prestigio y su vida por Cristo y su Reinado Social. Los seglares también estamos llamados al combate en pos de la santidad, pero necesitamos sacerdotes santos, fieles a la tradición que nos muestren el camino del cielo.

Igualmente, la iglesia necesita religiosos y religiosas que inmolen su vida en un claustro en una vida de silencio, de profunda oración, expiar los pecados propios y los de la humanidad y hacer propicio el rostro de Dios.

Muchos seminarios de antaño formaban santos sacerdotes con disciplina militar y en un ambiente monacal. El seminarista se curtía en las virtudes cristianas recias con una vida ascética dirigida hacia la mística y entregada con corazón indiviso a Dios.

Carlos Fernando María Bellmont Pastor (Agnus Dei Prod.) ha escrito una sencilla obra de teatro, “ELEGIDOS PARA SU GLORIA” (SND Editores) donde recrea el ambiente de un seminario celoso de los primeros jesuitas.

En esta entrevista profundiza en la vital importancia que tiene la existencia de seminarios profundamente católicos donde se formen santos sacerdotes para el bien de la sociedad y de las naciones: porque bien dice el dicho “Sicut populus, sic sacerdos” (asi es el pueblo como así sean sus sacerdotes).

El mismo trabajó como técnico de medios audiovisuales en un seminario cacereño en España conviviendo durante varios años con los novicios, legos y sacerdotes del aquel santo lugar, y nos cuenta su experiencia, la que, unida a otras circunstancias, le llevó a escribir esta obra.

¿Por qué se decidió a escribir una pequeña obra de teatro sobre los santos seminarios antiguos?

Surgió en una conversación con usted por teléfono. Ambos somos entusiastas y fervientes admiradores de la obra de D. José María Pemán “El Divino Impaciente” de cuyos textos solemos hablar muy frecuentemente cuando hay ocasión, por ejemplo, a la hora de tomar decisiones o manifestar posturas sobre temas dados en nuestra vida cotidiana, sobre todo lo referente a la vida espiritual. Esta obra tiene una enorme potencia doctrinal . Quería plasmar esa necesidad de aportar en una pequeña obrita todo un conjunto de enseñanzas que proceden, no de un servidor, sino de la misma “ciencia de los santos” y que hoy tristemente está muy olvidada.

¿Cómo se documentó para poder hacerlo?

Fundamentalmente me basé en la obra “Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas” del padre Alonso Rodríguez S.I., obra decisiva e insustituible, libro de cabecera de todo novicio católico que quiera llegar a ser lo que Dios quiere que sea, es decir, santo. Ahondé, igualmente, en obras biográficas de San Luis Gonzaga o de San Juan Berchmans de la clásica y antigua editorial “Apostolado de la Oración”, esos libros con esas pastas negras duras, elegantes y austeramente decoradas de principios del diecinueve que te dicen “aquí no encontrarás herejía alguna”.

De la misma manera estudié textos sobre la vida del beato padre Bernardo de Hoyos S.I. donde se describe muy en profundidad cómo vivían los jesuitas en el seminario con las distintas distribuciones que tenían, la austeridad de vida, el trato de Amor con Dios, la oración como principal herramienta de unión con Dios, el Santo Sacrificio de la Misa como eje de vida del novicio, una profunda vida de sacramentos, la figura del “Director espiritual”, las cuentas de conciencia, etc…

Igualmente sobrevolé, por decirlo de alguna manera, ese maremágnum de obras que constituyen el teatro teológico español, particularmente los “autos sacramentales”, donde autores como Juan de Pedraza, Lope de Vega, Juan de Timonedao José de Valdivielso coronan de gloria esos siglos con sus enseñanzas de claro matiz religioso formativo y edificante.

En definitiva, trato de plasmar todo ese poso de literatura santa que he rumiado de los clásicos de espiritualidad católica durante ya unos cuantos años.

También se palpa que le ha ayudado mucho haber vivido un tiempo en un seminario católico…

Tuve la gracia de conocer, experimentar y vivir directamente, la forja de hombres de Dios en un santo seminario ubicado en Cáceres, España. Allí pude comprobar cómo se forjaban los novicios al igual que se formaría hoy un San Luis Gonzaga o un San Juan Berchmans. De hecho, el padre fundador de este edificante seminario, el R.P. Rodrigo Molina S.I., tenía como modelo de novicio ejemplar al mismo Berchmans, lo cual indica el profundo amor del padre por la exquisita formación de sus discípulos. Fueron para un servidor años, mas que de trabajo, de formación espiritual, y aunque mi labor se centraba concretamente en los medios de comunicación, convivía con ellos, usando el mismo tipo de celda, en el mismo refectorio, en la Santa Misa, en las peregrinaciones, etc.… todo esto se me ha grabado muy profundamente y se ha visto manifiesto en “Elegidos para Su Gloria”.

¿Nos podría contar los ejemplos de santidad y virtud que ha visto?

Lo que más me llamaba la atención en ellos era la virtud de la obediencia - a la orden de un superior, inmediatamente se ejecutaba la misma sin rechistar lo más mínimo - el espíritu de recogimiento, de mortificación, los ayunos voluntarios, siempre recogida la mirada como los santos y esa alegría interior que irradiaban aún en las duras pruebas contra las tentaciones o incluso contra las propias pasiones, en las molestias de la vida comunitaria que pudieran surgir, pero eso sí, siempre alegres… ese santo reclutamiento alejado de sus “deudos y allegados” (que diría Santa Teresa de Jesús) y todo por amor a Cristo, a las almas y un profundo amor a María Santísima. No conozco otro lugar donde más se hable de María Santísima.

En ellos irradiaba un deseo enorme por ser santos. Y esto era lo principal. Y habían encontrado el lugar idóneo para ello, a la vieja usanza, como aquella frase añeja, pero muy actual, de los santos que dice: “Da la sangre para recibir el Espíritu”. Y así era.

También me llamaba la atención que los hermanos deseaban estar siempre junto al Santísimo, expuesto las veinticuatro horas del día, noches incluidas (las hermosas noches “velando” al mismo Dios Sacramentado), y no moverse de allí. Esto es algo grande porque aprenden que no se puede hacer nada ni ser nadie sino es por, en, para y con Cristo, y Cristo crucificado. Aprendían el valor de sufrimiento, el valor de la abnegación y sobre todo el amor profundo a Nuestro Señor Jesucristo. Y esto a un servidor le ha servido para la vida diaria. ¡Qué gran ejemplo de humildad era la confesión de faltas al finalizar el día ante el Santísimo, de rodillas ante Él! Alguno, por negligencia aquel día en alguna actividad, pedía en la capilla como culpa, por ejemplo, fregar los platos por la noche, u ofrecer tal o cual penitencia de reparación ¡Qué grande!…

Igualmente me admiraba el cuidado que tenían los superiores a la hora de seleccionar los libros que llegaban a la librería del seminario. No dejaban que entrara ningún libro errático en la doctrina o que portara herejía alguna. Todos eran minuciosamente leídos por expertos en la materia para evitar contaminaciones teológicas o filosóficas que pudieran corromper la recta formación de los novicios. En la librería solo había libros de doctrina profundamente católica y ortodoxa. Los libros perversos donde se encontraba alguna herejía iban inmediatamente a la sección del averno ¡Qué bien hace tener una relación escrita de “libros prohibidos! ¡Y qué lástima ver hoy día en muchos seminarios y conventos, que dicen ser católicos, infectados de autores herejes, de doctrinas hinduístas… o comunidades religiosas contaminadas de yoga, reiki y demás devastadoras prácticas orientales!

Con sus sotanas, la cruz en el pecho misionero, sus manos juntas en recogimiento, enjutos, alegres, serviciales, muertos al mundo, irradiaban santidad. Me llamó mucho la atención, como anécdota, cuando paseando por el pasillo, al poco de entrar en el seminario, veía las habitaciones de los hermanos y observaba que en estas mismas sólo había una austera mesa de madera de estudio con su estantería llena de libros, y un humilde flexo, una cruz de madera colgada en la pared con la inscripción de “Sígueme”, pero no había cama alguna. Cuál fue mi sorpresa cuando al preguntar por ello a un hermano, este no me respondió, si bien con una leve sonrisa parecía decirlo todo. Días más tarde me enteré que dormían en el suelo.

San Ignacio de Loyola respondiendo a una persona que decía que conocía a un santo, le acabó diciendo: “Será santo, si es mortificado…”. Y así vi aquel seminario… hombres mortificados.

Y fue con el tiempo, cuando empecé a entender – pues un servidor venia de la ignorancia del mundo-, leyendo vidas de santos, como la vida de San Pedro de Alcántara que dormía en el suelo y con una piedra como almohada ¡Qué mejor disposición que esta de querer imitar a los santos! San Ignacio de Loyola así lo hizo en su convalecencia y le fue muy bien…

El seminario difundía todo él y con plenitud formación católica en las cuatro paredes. Las comidas austeras pero muy completas, todos en silencio, animadas siempre con la voz de un hermano lector que alimentaba al mismo tiempo las almas de unos hermanos deseosos de aprender las cosas de Dios con objeto de ilustrar el entendimiento y enfervorizar la voluntad, para luego darlo con exquisito y caritativo celo a los demás. Se olía ese deseo santo de prepararse para dar todo de uno mismo conforme a lo que la Santa Madre Iglesia desea de sus hijos: salvar almas.

Edificante también era que todo, cualquier acto o acción lo encomendaban a Dios, a la Virgen o a los santos. Ante todo, la formación se dirigía a “enamorarse de Cristo”, vivir la vida de Cristo, ser otros Cristos - “Alter Christus” -, lograr que “ya no sea uno el que viva, sino que el mismo Cristo viva en uno”. Siguiendo la santa y sana teología, divinizar al hombre, no humanizarlo, sino, repito, divinizarlo para ser “Luz en un mundo enfermo y degradado por el pecado” con el fin de salvar las almas, y como verdaderos hijos de Dios aspirar a la divinización del alma aplastando la naturaleza caída del hombre.

¡Qué amor he visto tan grande a Jesús Eucaristía en este bendito lugar! Tremendo. ¡Con cuanta unción celebraban estos varones santos el Santo Sacrificio de la Misa, con que reverencia tocan el Cuerpo de Nuestro Señor sus sacerdotes…! ¡Cuánto silencio en el seminario! ¡Cuánto amor por las cosas de Dios! Silencio, silencio, silencio. Unión con Dios. Oración y humildad.

Se percibe que utiliza expresiones bonitas del castellano antiguo en la obra…

Estoy convencido que el lenguaje, la palabra, es el mejor vehículo de expresión, aunque muchos crean que sea la imagen. Por lo tanto, es una pena que se haya vulgarizado nuestro precioso idioma con palabras soeces o de pobreza intelectual, y las expresiones antiguas clásicas son un remanente enriquecedor que encierran un profundo conocimiento y una inefable sabiduría ¡Qué importancia tienen las palabras! Habría que volver al uso y costumbre de estas significativas expresiones que enriquecen nuestro idioma.

Cuando se trata de crear no basta con un argumento más o menos interesante, hay que embellecerlo y enriquecerlo como hacen los poetas ¿no? Y qué mejor que rebuscar en el baúl de esos recuerdos que muchos se empeñan en ocultar, cuando no eliminar ¡Qué pena! Porque, al fin y al cabo, si se desprecia lo bueno, lo santo, irá en detrimento de nuestra formación y esto repercute en todo.

La obra rezuma igualmente una clara influencia ignaciana….

Si los jesuitas de hoy día entendieran que han errado profundamente, y el tiempo lo dirá, en la formación de sus novicios… ¿Qué diría hoy San Ignacio de Loyola? ¡Dios mío! ¿Se forman para ser políticos o para ser santos varones al servicio de la bandera de Cristo Rey? ¿Son sacerdotes o simples formadores de ONG´s? ¿Buscan la santidad o la convivencia con el mundo? ¿Dónde quedó su máxima de defender la Fe y de exhaltación de la Fe Católica aún ante la posibilidad de derramar la sangre? ¿Dónde el A.M.D.G.? Decía San Ignacio que si él tuviera que reformar un seminario impondría como norma drástica el SILENCIO… ¡Y cuánto ruido hoy en día!

Los seminarios que forjaron los antiguos jesuitas eran centros de luz, de santidad, de catolicidad, de profundo amor a Cristo, a María Santísima, a los santos… por eso el enemigo del mundo y de todos los pueblos, como dice San Pablo, los tenían bien enfilados para destruirlos. Vean, estudien, lean el Evangelio y la historia de la Compañia de Jesús.

¿Cómo llegó a ser santo San Luis Gonzaga o San José María Rubio? No cabe duda que en la ejercitación en un santo seminario con las normativas que su santo fundador San Ignacio de Loyola quiso para sus discípulos, normativas o dictados procedentes del mismo Espíritu Santo. Las “Constituciones” son aprobadas porque en ellas radican los medios más eficaces para santificarse. No hay otra razón.

¡Qué bien hicieron San Carlos Borromeo o San Juan de Ribera! dos ilustres y santos reformadores de seminarios ¡Y cuánta falta nos hace hoy día luchar y combatir la relajación de los seminarios católicos! Pero, eso, ha de ser fin y meta de aquellos que están llamados a hacerlo, y es una grave responsabilidad. Insisto ¡Qué grave responsabilidad!

La formación jesuita de los novicios era de sobra conocida de entre los ciudadanos de pueblos y naciones. Se les asemejaban a los mismos ángeles. Sí, era una formación dura, exigente, autoritaria, pero santa, luminosa, transparente, edificadora… forjadora de santos… ¡Si no quieres llegar a ser santo, este no es tu lugar! Así de claro.

¿Hasta qué punto es importante cuidar con mucho celo la formación y ascética y piedad de los futuros sacerdotes?

Yo no soy experto en la materia, solo un lector algo informado de lo mas elemental. Se ve en los clásicos de Espiritualidad cristiana. Se ve en la vida de los santos, en el Santo Evangelio, en las Sagradas Escrituras. No hay santidad sin cruz. Imposible. Como seglar enamorado de lo santo, aunque uno sea un pobre hombre, es evidente que sin ascética no hay sacerdocio, y sin ascética ni siquiera hay cristiano que se precie porque el cristiano es cruz, el cristiano es un penitente y esta es la mejor definición de cristiano, penitente ¡Pues cuánto más el novicio! ¡Cuánto más el sacerdote! Todos estamos llamados a renunciar al pecado mortal, al pecado venial y a las imperfecciones. Todos estamos llamados a la mística, a la unión con Dios, y el medio originario para ello es la ascética, el primer motor que impulsa la ejercitación en la santificación de las almas: ese combate contra nuestras miserias que nos impiden ver a Dios y que en muchas ocasiones están muy arraigadas en nuestra alma y que requiere una purga exigente. En “Las Moradas” de Santa Teresa se ve este camino santo. Oigan ustedes al padre Royo Marín como explica magistralmente el camino de la santificación y cristificación de las almas hasta la unión con Dios.

Sería como decir, falsamente, que hay un Cristo sin cruz, que todos los caminos son anchos y están a nuestro capricho y que todos nos conducen al cielo ¡Menuda barbaridad! Cruz, sacrificio y abnegación ¿Podemos eliminar de cuajo todos esos ejemplos edificantes de nuestros santos que conforman y dan vida a la Iglesia Católica de un plumazo? ¿Podemos ser santos sin purgación? Camino equivocado sería pensar que podemos vivir con nuestros pecados, nuestras imperfecciones sin tratar de poner remedio y esforzarnos por vencerlos hasta el grado de santidad que Dios tiene destinado para cada uno de nosotros. Pero, como no sabemos el grado de predestinación, hemos de aspirar al máximo, a la última morada. Ya Dios dirá en cual te quiere, pero uno ha de esforzarse por lo mas.

Dios nos quiere muertos al mundo, a la carne y al demonio. Dios sólo nos quiere para Él, y sólo estaremos con Él cuando nos determinemos a querer ser trillados de lo malo, de lo vicioso… ya como seglares, ya como religiosos. Son pocos los valientes realmente ¿no?

Hemos de quitarnos la idea de que el sacerdote es uno más de entre los demás hombres ¡Qué error! El sacerdote es un elegido de Dios para ser sólo de Dios y por ello ha de estar alejado del mundanal ruido ¡Qué pestilencia ver a un sacerdote disfrutando de las diversiones mundanas!

Se hace extraño ver a un sacerdote que no predica sobre el pudor, el pecado, el demonio, el cielo, la muerte o el juicio, la salvación o la condenación. Esos santos sacerdotes prudentes que enseñan, cuando toca y exhortan sin respetos humanos, contra la inmodestia, las malas conversaciones, las palabras malsonantes y encaminan y enseñan a las almas el camino del cielo. ¡Qué poco se oye hablar hoy día de la Gloria de Dios y de la salvación de las almas! ¡Qué poco se oye hablar de vivir el Evangelio!

¿Por qué es importante que los seminarios sean lugares de mucha oración, mortificación, silencio, austeridad… pobreza, alegría…?

Así lo ha establecido con sabiduría y caridad, ya desde antiguo, nuestra madre Iglesia. No hay otro camino. ¿Qué han hecho los santos penitentes o los varones que aman a Dios? El hombre que quiere ser luz ha de apagar primero toda esa inmundicia o costra de pecado que lleva en su interior para dar a los demás esa gracia que recibirá del Altísimo con su fervorosa y abnegada mortificación. Se ha de empezar purgando, luego Dios si así lo quiere le iluminará con sus enseñanzas para finalmente dejarse unir con Él. Sin oración no hay salvación dicen los santos, sin mortificación no hay renuncia ni ejercitación en las virtudes cristianas, y sin virtudes cristianas ¿Se puede ser santo?

Si no es uno santo “de inocente” lo será “por penitente” y este último quizás sea el que más abunda y es quizás mas edificante porque así se ve percibe mas la gracia del mismo Dios en la forja de las almas. Cuando un sacerdote hace oración se nota. Un seminario sin oración es como un cuartel sin armas ni soldados. Allí donde hay ruido no está Dios, cuánto más en un seminario. Decía el padre Royo Marín que vio y observó mucho con sus propios ojos que el aguijón destructor o veneno demoledor de las congregaciones o de los institutos religiosos era el maldito dinero, es decir, su mala administración. La relajación viene por la admisión de inapropiadas vocaciones. por el apego al dinero, la desacralización y mundanización de los seminarios, ordenes e institutos religiosos.

Dicen los santos que el novicio que aspira a ser sacerdote ha de buscar ante todo la “divinización de su alma y de su ser” dejando atrás su pobre humanidad caída. Esto parece extraño a los ojos de muchos hoy día porque no han entendido rectamente la teología católica y se han asentado en lo groseramente terrenal como desoyendo la misión de Cristo de santificar las almas. Jesús quiere hacernos “divinos” y “santos", desquitarnos de la esclavitud de satanás a la que estábamos y estamos sometidos, alejarnos de lo mundano. Somos los bautizados hijos de Dios por adopción y esta es una responsabilidad enorme para con Dios pues existe una batalla en la cual tenemos que decidirnos enrolarnos en la bandera de Cristo o en la del demonio, no hay otro camino. Y el sacerdote es quien dirige la bandera espiritual de sus ovejas. Jesús, nuestro Maestro, no busca lo puramente humano en nosotros, sino que, partiendo, sí, de esto, nos quiere elevar a lo celestial y esto ya aquí en la tierra. Y qué mejor que un santo seminario donde “almas escogidas” y llamadas a su santo servicio, muy en compañía, por decirlo de alguna manera, conducen las almas por ese camino estrecho y maravilloso que lleva al cielo, a la eternidad dichosa.

Son los maestros de espiritu los que han hablado al respecto. Todo se encuentra en la tradición y todo está en la sana y santa instrucción, por cierto, milenaria, en dejarse forjar y tallar a imitación de Jesucristo Nuestro Señor. Esto es lo que he aprendido en los libros santos y en mi experiencia personal conviviendo en un santo seminario. Rumiar, meditar los libros de espiritualidad católica clásica, oración, mucha oración, vida de sacramentos, el Santo Sacrificio de la Misa, mortificación interior y exterior, huida del mundo, búsqueda del silencio…

¿Quiere añadir algo más?

Oración, mucha oración… para pedir a Dios que envíe a su mies santos sacerdotes, obreros santos que trabajen la viña del Señor sometidos a una doctrina santa y ortodoxa, que abonen la tierra que por desgracia hoy se encuentra árida y llena de culebras. Deseamos ver por nuestras ciudades esos novicios que aspiran al mayor de los dones de Dios, el sacerdocio católico, con sus sotanas, alegres y austeros, mortificados y muertos al mundo, para que nos den la luz que tanto necesitamos para reformar un mundo en tinieblas. Novicios que vivan en santos seminarios alejados del mundanal ruido, crucificados a todo lo que no es de Dios, que vivan sólo para Dios, para luego darlo a los hombres para la santificación de nuestras almas.

El mundo irá mejor cuando se reformen muchos seminarios católicos siguiendo la santa Tradición Católica, porque son los sacerdotes santos quienes están llamados primeramente a dar luz al mundo, luz a las almas, a los gobiernos, a las instituciones, a las familias, a las naciones, etc…. Ven… ¡Qué grande misión! Los enemigos de la Iglesia Católica lo saben muy bien y hacen todo lo posible para destruirlos.

Esta sencilla obrita de teatro es quizás un acicate para otros que teniendo realmente talento literario puedan ilustrar, formar y edificar a los hermanos para la Mayor Gloria de Dios.

Javier Navascués

Fuente
THE END bergoglianae demonii
DEFENSA DE LA FE likes this.