Nuestro principal, por no decir nuestro único objeto, al escribir estas páginas, es consolar y animar a las almas, y robustecer cuanto sea posible en ellas la virtud tan preciosa y necesaria de la confianza. No podíamos, por tanto, detenemos a insistir reiteradamente sobre la grandísima importancia, para la vida espiritual, de una ascética fuerte, viril, enérgica, condición necesaria de toda santidad; de una ascética enteramente impregnada de abnegación y sacrificio; de una ascética como la que heroicamente practicaron y enseñaron admirablemente San Ignacio de
Loyola y San Juan de la Cruz, para no nombrar más que dos grandes
maestros de la vida espiritual. El amor de Dios tiene dos aspectos: el que mira a Dios, y se llama, la caridad divina; y el que se refiere a nosotros
mismos, y tiene por nombre, odio de sí mismo. El verdadero amor de Dios es inseparable del santo odio del yo, el gran enemigo de Dios. Amar ardientemente a la soberana Amabilidad es despreciar y odiar profundamente al horrible egoísmo, fuente de tantos pecados y de tantas miserias. El lector atento fácilmente se dará cuenta, en muchas páginas de este libro, de que concebimos la vida espiritual precisamente en función de este principio, y la reducimos toda entera a estas palabras del gran precursor de Jesús: Oportet Illum crescere, me autem minut: conviene que ÉÍ crezca y que yo disminuya.
De este principio se deriva otra gran verdad, a saber: que nadie podría pretender una vida de elevada espiritualidad, una vida de unión con Cristo, si no se ha ejercitado generosamente de antemano en la expiación de sus pecados y en la extirpación de sus vicios, en la vía purgativa, y no se ha entregado con animosa perseverancia a la adquisición de las virtudes, en la vía iluminativa. Querer construir la bóveda de ese templo consagrado a Dios, que es nuestra vida espiritual, sin haber puesto de antemano un fundamento sólido y haber levantado un buen edificio, sería una evidente locura. No parecía, sin embargo, inútil recordar aquí esta verdad en un tiempo en que se ha visto a más de un alma generosa, en su impaciente deseo de unirse con Dios por medio del amor, omitir imprudentemente las etapas y comprometer por esto mismo toda su perfección.
Esta obra va dirigida a todas las almas, porque todas tienen necesidad de confianza. Y las más santas, sometidas a pruebas más duras, tienen mayor necesidad de ella que las demás. Entre estas almas santas hay algunas a quienes Dios purifica en el terrible crisol de las pruebas místicas. Las hace pasar por esas noches espantosas de los sentidos o del espíritu, que describe tan admirablemente el místico doctor San Juan de la Cruz. No podíamos olvidar a esas almas tan caras a Dios. A ellas hacemos alusión muchas veces al hablar de las noches, a ellas hemos consagrado también un capítulo entero sobre la confianza durante las noches místicas. Las almas que no pasan por estos estados se darán cuenta de ellos, pues saben que en la casa de nuestro Padre celestial hay muchas mansiones.
Agreguemos, finalmente, que hemos creído deber animar y tranquilizar a nuestros lectores, dirigiéndonos no solamente a su espíritu para instruirlo y convencerlo, sino también a su corazón para consolarlo y reanimarlo. Esta obra sobre la confianza no debía tener el aspecto de un curso más o menos árido de teología ascética; de ahí el tono afectuoso y sencillo de estas páginas, cuyo fin es inducir a esa confianza amorosa y filial, de la que ha sido en nuestros días modelo perfectísimo Santa Teresa del Niño Jesús. (El autor)