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Al hombre no le sirve una democracia sin Dios

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LIBROS RECOMENDADOS Al hombre no le sirve una democracia sin Dios El proceso electoral español, fallido, conduce a una dictadura de las mayorías. Humberto Pérez-Tomé 26/01/19 18:00 Los jóvenes…More
LIBROS RECOMENDADOS

Al hombre no le sirve una democracia sin Dios

El proceso electoral español, fallido, conduce a una dictadura de las mayorías.

Humberto Pérez-Tomé
26/01/19 18:00

Los jóvenes han perdido el referente del bien y el mal, sustituido por la ley y lo políticamente correcto

No cabe duda que de los regímenes políticos actuales para gobernar a la sociedad, la democracia parece ser el que más contenta a todos, sobre todo si lo comparamos con las dictaduras o los califatos musulmanes, que nos cuesta comprender más porque la distancia cultural con ellos es enorme, ya sea como cristianos o como occidentales laicistas.

La democracia, ese modo de elegir a nuestros dirigentes, tiene muchas caras, incluso muchas fórmulas para organizar, especialmente en el modelo de proceso electoral. En concreto, el español cada vez se muestra más fallido. Pero sea la fórmula que sea, la democracia no es perfecta porque siempre deja a las minorías fuera de sus pretensiones sociales, lo que al final se convierte en una dictadura de las mayorías.

Dicho esto, y como discurso de base sobre la democracia, hay que plantearse lo que verdaderamente nos mueve a las personas más allá de los meros artículos y cláusulas que organizan la estructura orgánica de la sociedad. La Transición española nos ha llevado de la dictadura a la democracia y de la confesionalidad autoritaria al laicismo impositivo. ¿Cómo ha podido suceder que la democracia española proveniente de la católica España -la reserva espiritual de Europa, ¿recuerdan?-, se haya convertido en una de las que aplican las políticas progresistasmás dañinas para la persona? ¿Qué ha influido para que en cuatro generaciones se haya desvaído el concepto de Dios y se haya cosificado en el dinero, el placer y el individualismo?

Los jóvenes han perdido el referente del bien y el mal, sustituido por la ley y lo políticamente correcto

El martes pasado comí con un amigo, muy amigo, y comentábamos un par de asuntos que me gustaría valorar con usted. Mi amigo y yo, que somos de la misma quinta, decíamos que, en casa de nuestros padres, cuando éramos adolescentes, la concepción cristiana de la vida, las costumbres sociales y el respeto a las instituciones, la autoridad y la patria se adquirían por ósmosis; sin embargo, la generación de nuestros hijos tiene el alma sometida por mundo hostil, donde el dios dinero manda, ¡y de qué manera! Nosotros, mi amigo y yo, que nos consideramos cristianos comprometidos con nuestra fe y que por esa misma razón hemos tratado de transmitirla a nuestros hijos, encontramos que algunos de ellos son como seres de otro planeta, impermeabilizados a cualquier aspecto que tenga que ver con las raíces cristianas de donde provienen y con un analfabetismo doctrinal preocupante.

Ahora hablo en general de nuestros jóvenes, esclavizados al sentimentalismo que contrasta con la dureza de corazón a la hora de darse a los demás. Chicos y chicas que se casan o no porque mola o porque me apetece. Chicos y chicas huérfanos de una vida interior que les ayude afrontar los retos de este mundo deshumanizado, con leyes aberrantes y con trampas para su vida presente que embargarán su futuro, porque las decisiones de hoy son las consecuencias de mañana. ¿Qué decisión acertada puede tomarse sobre el amor, el uso del cuerpo, la ética profesional o la responsabilidad con sus hijos o sus padres, si no tienen a Cristo presente en su vida que de alguna forma module, pare el empellón del mundo? Si viven de solteros como casados y de casados quieren seguir viviendo como solteros, es porque nada hay dentro que les diga que se están equivocando. Han perdido el referente del bien y el mal, sustituido solo por lo que la ley diga que se puede o no se puede hacer, o lo que lo políticamente correcto marque según qué moda.

Hemos sido hijos pródigos toda la vida

Tenemos los padres de los niños menores mucho que hacer. Los padres de adolescentes, dar mucho ejemplo. Y los abuelos, estar muy disponibles para cuando los hijos, o los nietos, vuelvan del mundo, como lo hizo el hijo pródigo, cansado, desesperanzado, lo hizo solo para que alguien le diera de comer... ¡Entonces seremos nosotros los que les demos de comer en un festín de paz, oración y experiencia! Porque si hay algo que con los años experimentamos es que sin darnos cuenta hemos sido hijos pródigos toda la vida. Quizá por eso seguimos teniendo fe.

La democracia nunca será verdaderamente útil para la sociedad si se aísla a Dios de las decisiones humanas. Vaya usted a saber, si la "transición de la democracia española ha girado de la dictadura a la democracia y de la confesionalidad autoritaria al laicismo impositivo" ha sido porque nos hemos embargado demasiado en la modernidad de no ser lo que éramos y nos hemos olvidado de que Dios participa más en nuestras decisiones personales de la vida política.

Política sin Dios. Europa y América, el cubo y la catedral (Cristiandad) de George Weigel. El autor es comentarista de temas religiosos de la NBC y responsable de la columna semanal "The Catholic difference". En este último libro, analiza lo que denomina "el problema europeo": la confusión de democracia y secularismo. Un problema que amenaza con disolver la cultura europea y con aislar a Europa del resto de los continentes.

¿Un mundo sin Dios? (Rialp) de Francisco Santamaría. En algunos sectores de la opinión pública occidental se ha abierto paso una inquietante prevención contra la presencia pública de la religión. ¿Se aspira a un mundo sin Dios, donde la religión resulte irrelevante para construir la sociedad?

Dios o nada (Palabra) de Nicolas Diat. En esta entrevista amplia, variada (autobiográfica y doctrinal; experiencial y conceptual; africana, romana, universal...), sincera, briosa y en tantos momentos cautivadora, el cardenal Sarah aborda con altura y franqueza los grandes temas eclesiales de la actualidad: desde la misión de la Iglesia, la evangelización, la liturgia o la oración, al celibato sacerdotal, las vocaciones, la lucha contra la pobreza o las más candentes cuestiones en torno a la familia y al matrimonio.