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Peor que Sodoma y Gomorra - Otro signo de Los Tiempos

“Este vicio no puede compararse en absoluto con ningún otro, pues a todos los supera enormemente. Este vicio es la muerte del cuerpo, perdición del alma; infecta la carne, apaga las luces de la mente…More
“Este vicio no puede compararse en absoluto con
ningún otro, pues a todos los supera enormemente.
Este vicio es la muerte del cuerpo, perdición del
alma; infecta la carne, apaga las luces de la mente,
expulsa al Espíritu Santo del templo del corazón,
hace que entre el diablo fomentador de la lujuria;
induce al error, hurta la verdad de la mente,
engañándola; prepara trampas al que camina, cierra
la boca del pozo a quien en él cae; abre el infierno,
cierra las puertas del Paraíso, transforma al
ciudadano de la Jerusalén celeste en habitante de la
Babilonia infernal: secciona un miembro de la
Iglesia y lo arroja a las codiciosas llamas de
encendida Gehenna.
Este vicio busca abatir los muros de la patria celeste
y busca reedificar lo que fueron incendiados en
Sodoma. Es algo que atropella la sobriedad, que
asesina el pudor, que degüella la castidad, que
destroza la virginidad con la hoja de una repugnante
infección. Todo lo ensucia, todo lo ofende, todo lo
mancha y como no tiene en sí nada de puro, nada
exento de indecencia, no soporta que nada sea puro.
Como dice el apóstol, “todo es puro para los puros,
pero para los infieles y contaminados nada es puro”
(Tito 1, 15). Este vicio expulsa del coro de la familia
eclesiástica y obliga a rezar con los endemoniados y
con aquellos que sufren a causa del demonio; separa
el alma de Dios para unirla al Diablo.
Esta pestilentísima reina de los sodomitas convierte
a quienes se someten a su ley en torpes para los
hombres y odiosos para Dios. Exige hacer una
abominable guerra contra el Señor, militar bajo las
insignias de un espíritu absolutamente malvado;
separa del consorcio de los ángeles y con el yugo de
su dominación extraña al alma de su nobleza innata.
A sus soldados les priva de las armas de la virtud y
los expone, para que sean traspasados, a los dardos
de todos los vicios. Humilla en la iglesia, condena en
el tribunal, corrompe en privado, deshonra en
público, roe la conciencia con un gusano, quema la
carne como el fuego, empuja a satisfacer la lujuria, y
por otro lado teme ser descubierta, mostrarse en
público, que los hombres la conozcan.
[…]

La carne arde con el fuego del deseo, la mente
tiembla helada por la sospecha, y el corazón del
hombre infeliz hierve como un caos infernal: todas
las veces que le golpean las espinas del pensamiento,
en un cierto sentido, viene torturado con los
tormentos del castigo. Una vez que esta
venenosísima serpiente ha hincado sus dientes en un
alma desgraciada, la pobrecita pierde
inmediatamente el control, la memoria se desvanece,
la inteligencia se oscurece, se olvida de Dios y hasta
de sí misma. Esta peste expulsa el fundamento de la
fe, absorbe las fuerzas de la esperanza, destruye el
vínculo de la caridad, elimina la justicia, abate el
vigor, retira la temperancia, mina el fundamento de
la prudencia.
¿Qué debo añadir todavía? En el momento en el que
ha desterrado del escenario del corazón humano la
lista de todas las virtudes, como quebrando los
cerrojos de las puertas, hace entrar en él la bárbara
turba de los vicios. A este se le aplica con exactitud
aquel versículo de Jeremías (Lament 1, 10) que trata
de la Jerusalén terrena: “El enemigo echó su mano a todas

las cosas que Jerusalén tenía más apreciables;
y ella ha visto entrar en su santuario a los gentiles,
de los cuales habías tú mandado que no entrasen en
tu iglesia”
El que es devorado por los ensangrentados colmillos
de esta famélica bestia, es mantenido lejos, como por
cadenas, de cualquier obra buena, y es instigado sin
freno que lo contenga, por el precipicio de la más
infame perversión. En cuanto se cae en este abismo
de total perdición, ipso facto se destierra de la patria
celeste, se es separado del Cuerpo de Cristo,
rechazados por la autoridad de toda la Iglesia,
condenados por el juicio de los Santos Padres,
expulsados de la compañía de los ciudadanos de la
ciudad celeste. El cielo se vuelve como de hierro, la
tierra de bronce: ni se puede ascender a aquél, pues
se está lastrado por el peso de crimen, ni sobre
aquella podrá por mucho tiempo ocultar sus
maldades en el escondrijo de la ignorancia. Ni podrá
gozar aquí cuando está vivo, ni siquiera esperar en la
otra vida cuando muera, porque ahora deberá
soportar el oprobio del escarnio de los hombres y
después los tormentos de la condenación eterna.
[…]

Compadezco a un alma noble, hecha a imagen y
semejanza de Dios y comprada con la Preciosísima
Sangre de Cristo, más digna que los grandes
edificios y ciertamente más digna de ser antepuesta a
todas las construcciones humanas. Por eso me
desespera la caída de un alma insigne y por la
destrucción del templo en el que habitaba Cristo.
Deshaceos en llanto, ojos míos, derramad ríos
abundantes de lágrimas y regad, lúgubres, las gotas
con un llanto continuo! “Derramen mis ojos sin
cesar lágrimas, noche y día, porque la virgen, hija
del pueblo mío se halla quebrantada por una gran
aflicción, con una llaga sumamente maligna” (Jer.
14, 17). Y ciertamente la hija de mi pueblo ha sido
golpeada por una herida mortal, porque el alma, que
era hija de la Santa Iglesia ha sido cruelmente herida
por el enemigo del género humano con el dardo de la
impureza; y a ella, que en la corte del rey eterno era
suavemente alimentada con la leche de los sagrados
parlamentos, ahora se la ve tumbada, tumefacta y
cadavérica, mortalmente infectada por el veneno de
la líbido, entre las cenizas ardientes de Gomorra.
[…]

“Aquellos que comían con más regalo han perecido
en medio de las calles; cubiertos se ven de basura los
que se criaban entre púrpura” (Lam. 4, 5). ¿Por qué?
El profeta prosigue y dice: “Ha sido mayor el castigo
de las maldades de la hija de mi pueblo que el del
pecado de Sodoma; la cual fue destruida en un
momento” (Lam. 4, 6). Y ciertamente la maldad del
alma cristiana supera el pecado de los sodomitas,
porque cada uno peca tanto más cuanto más rechaza
los preceptos de la gracia evangélica: el
conocimiento de la ley evangélica lo fija, para que
no pueda encontrar remedio con ninguna excusa.
¡Helas!, alma desgraciada, ¡helas! ¿Pero porque no
te das cuenta de la altura de la dignidad de la que has
caído y de cómo te has despojado del honor de una
Gloria y de un esplendor inmenso?
[…]

¿Por qué finges no ser consciente del peso de tu

condenación?
¿Por qué no detienes este continuo acumular la ira Divina
sobre ti, bien enbarrandote en los pecados,
bien ensalzándote en la soberbia?"

Extractos de San Pedro Damián
marilu calderon and 2 more users like this.
victormartinsuarez
QUE ASCO - QUE ASCO - QUE ASCO
Cristobal Hincapie C. and 3 more users like this.
Susy Longoria
Caramba estas noticias me descomponen siempre el estomago.....ciertamente estamos viviendo tiempos peores que Sodoma y Gomorra.
Dios se apiade de este mundo
Ambrosio
¡Qué horrendo es todo esto de la ideología del género! Destruye la familia e invierte términos: «Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). Recemos mucho por Ucrania y por todos los países que quieran adoptar la ideología del género. Recemos por la familia. Muchas gracias por compartir este video.
lauragk
Excelente!!!