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Del transhumanismo al posthumanismo

Nicolás Jouve de la Barreda.1
Actuall, 10/02/2020


El transhumanismo se considera una fase de transición hacia al posthumanismo, que va más lejos. ¿Qué hay detrás y quién está detrás de todo esto? Probablemente los mismos poderes que se afanan en establecer un nuevo orden mundial y acabar con la familia, la cultura tradicional y el humanismo cristiano.

Asistimos al renacimiento de una nueva eugenesia, mucho más peligrosa que la “eugenesia social” de principios del siglo XX, que potenció el racismo, las leyes anti-emigración, la esterilización y el nazismo, entre otros desvaríos. La neoeugenesia o eugenesia liberal, bajo el disfraz de la aplicación de los avances científicos en busca del bienestar humano, puede conducir a una destrucción del ser humano. Y si no, fíjense en como describe el quehacer de los transhumanistas el filósofo británico David Pierce: «Si queremos vivir en el paraíso, tendremos que diseñarlo nosotros mismos. Si queremos la vida eterna, entonces tendremos que reescribir nuestro código genético plagado de errores y convertirnos en dioses… sólo las soluciones de alta tecnología pueden erradicar el sufrimiento del mundo. La compasión por sí sola no es suficiente».

A lo que se refiere Pierce es a una combinación de nuevas tecnologías, la nanotecnología, la biotecnología, las ciencias de la información y las ciencias del conocimiento o neurociencias nanobioinfocogno–, NBIC. La aparición de todas estas fantásticas aplicaciones del conocimiento científico, está generando extraordinarias perspectivas en la agricultura, la ganadería, la industria, y la sanidad. Pero al mismo tiempo, mal pensada y peor utilizada, ha dado paso a una corriente de unos cuantos iluminados, dotados de un tecno-optimismo desbocado, que se han lanzado a la aventura de aplicarlas en los seres humanos como si de objetos manipulables se tratara, con el fin de dar un salto hacia algo que ni ellos mismos saben definir. Hablan de crear posthumanos, ciborgs, avatares, pero ni ellos saben bien qué hacer.

El primer paso, en el que ya trabajan los transhumanistas, sería el mejoramiento de la naturaleza humana en sus características físicas, psicológicas e intelectuales. Nick Bostrom, catedrático de Filosofía de la Universidad de Oxford y fundador y director de la World Trasnshumanists Association, define el transhumanismo como: «Un movimiento cultural, intelectual y científico que afirma la deuda moral para mejorar las capacidades físicas e intelectuales de la especie humana y para aplicar al hombre las nuevas tecnologías que puedan eliminar los aspectos indeseados y no necesarios de la condición humana: el sufrimiento, las enfermedades, la vejez e incluso su condición mortal«.

Pero van más allá. El mejoramiento que se proponen no se conforma con atender la salud o curar a las personas en sus enfermedades físicas o psíquicas, sino en modificarles genéticamente, manipular su genoma, sus células, sus órganos o sistemas para potenciar las facultades por encima de lo natural, en principio sin renunciar a nuestra condición de seres humanos… Pero eso, es solo el principio. El transhumanismo se considera una fase de transición hacia al posthumanismo, que va más lejos. El posthumanismo se propone utilizar todas las tecnologías disponibles para transformar de forma notable a los seres humanos actuales.

Bostrom dice que un posthumano ya no sería un ser humano, debido a las alteraciones significativas que se deberían de operar en él y considera que entender esto es crucial ya que la especie humana en su actual forma no representa el final de nuestro desarrollo, sino sólo el comienzo.

El ingeniero de ciencias de la computación Raymond Kurzweil, famoso inventor y empresario vinculado al Sillicon Valley en California, como director de ingeniería de la plataforma Google, dice que la especie humana está a punto de dar un salto evolutivo mediante tecnologías artificiales para convertirse en una nueva especie. Ese momento es a lo que este científico denomina singularidad tecnológica, y la tecnología que lo haría posible es la inteligencia artificial.

Según Kurzweil, la singularidad tecnológica se alcanzará cuando se produzca la fusión entre la inteligencia artificial y la inteligencia natural. Para quienes sostienen estas ideas la batalla está en pleno auge y mientras que la inteligencia humana permanece en su estado natural, sin más avances que los propios de la acumulación de los conocimientos, la inteligencia artificial progresa exponencialmente. Según Kurzweil llegará el momento en que se produzca una fusión irreversible entre ambas inteligencias. Llegados a ese punto la inteligencia artificial se impondrá a la biológica y los humanos se convertirán en posthumanos.

Para los seguidores de esta idea, el punto de singularidad supondrá la liberación de las ataduras biológicas del hombre, de modo que los implantes cibernéticos a base de inteligencia artificial mejorarán la inteligencia humana dotando a la nueva especie de una suma de habilidades mitad máquinas mitad humanas. Será el mundo de los ciborgs y los avatares. La palabra ciborg se creó en los años 60, por la NASA, cuando se desarrollaron dispositivos para el control de las constantes vitales, el metabolismo y otras condiciones para la adecuación a la vida en el espacio de los astronautas. Los posthumanistas han transformado el concepto llevándolo al de una criatura que combine elementos orgánicos y tecnológicos.

En el posthumano, ya no existirían diferencias esenciales ni demarcaciones absolutas entre existencia corporal y simulación computacional, ni entre mecanismos cibernéticos y organismos biológicos, por lo que tampoco debería haber límites a la utilización de la tecnología robótica

El Proyecto Avatar 2045 por ejemplo, pretende adentrarse en el campo de la inmortalidad cibernética, de tal modo que nuestro ser material intangible, nuestra identidad, llegue a transferirse a un avatar, un holograma, un ciborg o un robot para alcanzar la inmortalidad. Sorprende lo de material intangible, pero es la ambigüedad del lenguaje que utilizan los posthumanistas. Según Dimitri Itskov, el magnate ruso promotor de este proyecto, su desarrollo tendrá lugar en varias etapas y aproximadamente entre 2020 y 2025, se debería lograr la independencia del robot o avatar al que se habría transferido la mente de una persona, pero eso no sería el final. El final, previsto para el año 2045, vendría cuando se produjera la fusión entre la mente humana con una mente artificial. Ese sería el punto de singularidad. Llegado ese momento se habrá alcanzado el posthumano, un ser dotado de una superinteligencia, a la vez que de una inmortalidad cibernética y no trascendente.

Es evidente que los posthumanistas están imbuidos de un materialismo desbordante. Sus postulados quedaron plasmados ya en 1999, en la obra How we became posthuman, de la crítica literaria postmoderna americana Katherin Hayles, que niega la existencia de un alma inmaterial y considera que la conciencia es un epifenómeno, que el cuerpo no es más que una prótesis y que la encarnación en un sustrato biológico es un accidente de la historia en lugar de algo inevitable en la vida.

Según los seguidores de esta corriente, en el posthumano, ya no existirían diferencias esenciales ni demarcaciones absolutas entre existencia corporal y simulación computacional, ni entre mecanismos cibernéticos y organismos biológicos, por lo que tampoco debería haber límites a la utilización de la tecnología robótica.

Siendo realistas es una utopía pensar en la fusión entre la inteligencia artificial y la inteligencia natural humana

¿Qué hay detrás y quién está detrás de todo esto? No es difícil de adivinar. Probablemente los mismos poderes en la sombra que se afanan desde hace décadas en establecer un nuevo orden mundial y acabar con la familia, la cultura tradicional y el humanismo cristiano, se empeñan ahora en deconstruir al ser humano.

Sin embargo, al contrario de lo que dicen, esto no va a servir para salvar a la humanidad de sus ataduras y de sus limitaciones biológicas. Supuesto que esta ensoñación pudiese realizarse, solo serviría para que unos cuantos se sientan satisfechos de su aventura. A base de enormes inversiones económicas, todo lo más serviría para crear unos cuantos entes posthumanos, que, si se cumplieran sus deseos de que fuesen inmortales, superinteligentes y carentes de ataduras psicológicas –emotividad incluida-, para lo único que servirían sería para esclavizar al resto de los humanos.

Se trata de una utopía profundamente egoísta y una distopía, en el sentido de que lejos de tender a la igualdad de todos los seres humanos conduciría a la alineación de la humanidad

Esto lo explica muy bien Francis Fukuyama, en su obra Our posthuman future. Consequences of the Biotechnology Revolution (Nueva York 2002), donde señala la creación de castas que abrirían una brecha entre los humanos naturales y los posthumanos. El posthumanismo podría contribuir de hecho a ampliar las diferencias entre el poder y la pobreza, y a conducir a un nuevo tipo de explotación o aún de esclavitud. El mismo Fukuyama considera el transhumanismo y su derivada al posthumanismo como la idea más peligrosa del mundo.

Siendo realistas es una utopía pensar en la fusión entre la inteligencia artificial y la inteligencia natural humana. Ésta es abstracta, inmaterial y espiritual y obedece a la capacidad de deliberación y discernimiento. Sin embargo, la inteligencia artificial responde a unas rutinas ceñidas a unos algoritmos lógicos que el propio hombre le ha proporcionado. La máquina no posee capacidad de improvisación. Es cierto que las máquinas, los robots, pueden suplir al hombre en tareas mecánicas y trabajos duros, pues no se fatigan y pueden realizar funciones que requerirían el esfuerzo de varias personas y en mucho más tiempo. De hecho, los robots han irrumpido con fuerza en la industria, en la construcción, en el transporte y en tantas otras necesidades del hombre moderno. Pero esto no significa que puedan suplirlo en todo.

Además del materialismo y reduccionismo que supone todo esto, el mayor escepticismo se centra en si los posthumanos llegarán a tener conciencia de sí mismos y si llegarán a tomar decisiones. De no ser así, sería absurdo hablar de seres superiores a los humanos. Y si bien es cierto que la inteligencia artificial puede superar a la humana en memoria, capacidad de almacenamiento de información, facilidad de comunicación e incluso precisión, no posee la facultad de pensar por sí misma ni tampoco tiene capacidad emotiva, aunque los muy defensores de las capacidades de las supercomputadoras creen que llegará el momento en que las máquinas aprenderán a discernir por sí mismas. Es difícil de creer que un cerebro artificial, tangible y material, podría suplantar a los humanos en todo aquello que requiera inteligencia, voluntad y sentimientos.

Realmente se trata de una utopía profundamente egoísta y una distopía, en el sentido de que lejos de tender a la igualdad de todos los seres humanos conduciría a la alineación de la humanidad. Sin embargo, causa escalofríos pensar que haya quien impulse estas iniciativas y destine grandes cantidades de dinero a desarrollarlas, con la cantidad de auténticas necesidades que aún aquejan a gran parte de la humanidad.
1 Catedrático de Genética de la desde 1977. Doctor en Ciencias Biológicas. Fue profesor en las universidades Complutense, Politécnica de Madrid, Bilbao y Córdoba. Realizó estudios de postgrado en Cambridge (Inglaterra) en 1976 y como investigador invitado en la Universidad de Columbia (Missouri, EE.UU.) en 1988. Imparte cursos de Genética en la Facultad de Medicina y de Genética Evolutiva en la Facultad de Biología. Ha impartido cursos de Biología Molecular y Biotecnología en Chile (1996), Nicaragua (1998) y Argentina (2001). Fue Presidente de la Sociedad Española de Genética (1900 a 1994). Tiene dos premios del Consejo Social de la Universidad de Alcalá, de "investigación" en 1991 y de "docencia" en 1996. Su línea de investigación se enmarca en temas de genética, citogenética, mejora y biología molecular de especies cultivadas. Los resultados de su labor científica se resumen en la producción de más de 200 publicaciones, la mayoría en revistas internacionales de su especialidad, y en la dirección de 19 tesis doctorales.