Amor al Papa de San Josemaría Escrivá
El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo.
Amar a la Iglesia, 30
Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice–Cristo en la tierra, para el Papa. -Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre
Forja, 135
Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón.
Camino , 573
Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, videre Petrum, para ver a Pedro.
Camino, 520
Cada día has de crecer en lealtad a la Iglesia, al Papa, a la Santa Sede... Con un amor siempre más ¡teológico!
Surco , 353
Acoge la palabra del Papa, con una adhesión religiosa, humilde, interna y eficaz: ¡hazle eco!
Forja, 133
Que la consideración diaria del duro peso que grava sobre el Papa …Más
Donde está Dios, nunca habrá mal que pueda vencer al bien, Él es el bien Sumo, junto a Él estaremos siempre a salvo, junto a Él estaremos seguros, y mantenernos junto a Él es estar al lado del Papa, él es el Vice-Cristo en la tierra, es el mismo Cristo.
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En la historia de los santos hay muchos Papas entre ellos, ¿y que ha hecho que se alcancen la santidad? Simplemente que al cumplir su misión como cabeza de la Iglesia, el peso de los errores y además sumado a la crítica y desobediencia de muchos, a ellos los ha llevado a ser santos, a unirse mas a Dios a amar su camino, para que los hombres se salven.
Me pregunto, ¿por qué lo hacen?, ¿por qué dicen que sí, que están dispuestos a sufrir todo tipo de injurias, críticas, cansancios?
Saben que son el mismo Cristo al aceptar ese cargo, y como lo diría Juan Pablo II, cuando le preguntaban si dejaría su labor cuando estaba muy enfermo, contestó que si Cristo no se había bajado de la Cruz , él tampoco lo haría.
¿Que lleva a un hombre darse de esa manera? ¡El amor a Cristo! y amor a la Iglesia que somos todos.
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"Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice–Cristo en la tierra, para el Papa. -Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre".
San Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, 135
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"El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo".
San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amar a la Iglesia, 30
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El amor al Papa
Decíamos al comienzo de estas páginas que el amor a la Iglesia constituye uno de los hilos conductores de Camino con los que se va enriqueciendo el tejido sobrenatural de la existencia cristiana, En el contenido de ese amor a la Iglesia no puede faltar el amor al Romano Pontífice. Para el autor de Camino, el Papa es sencillamente —con todo lo que implica— «Pedro», el pescador de Galilea llamado por Cristo a ser roca firme sobre la que se habría de apoyar la fe de sus hermanos, una fe segura porque cuenta con la oración infalible de Cristo (cfr. Lc 22, 32).
El Papa, sea quien sea, es Pedro y, en consecuencia, es el camino seguro para llegar a Cristo: «Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam», nos propone el autor como una orientación para la vida cristiana en el n. 833. El Romano Pontífice es contemplado, pues, en su calidad de Sucesor de Pedro, Cabeza visible de la Iglesia. Ciertamente, el Papa —dirá la teología— no posee todas las prerrogativas que tuvo Pedro, como testigo directo de la vida de Jesús. No se trata en Camino de elaborar una teología del primado, sino de suscitar la fe que reconoce en el Papa la presencia perpetua del ministerio petrino de unidad, de comunión. De igual modo que el Apóstol de las gentes decidió, movido por la fe en el ministerio de Pedro en la Iglesia, ir a Jerusalén tras su conversión «videre Petrum», para «ver a Pedro» (cfr. Gal 1, 18), así en Camino el autor nos invita a afianzar el sentimiento de ser hijo de la Iglesia, el gozo de pertenecer a la Iglesia Católica Romana, por el reconocimiento del Vicario de Cristo en la tierra: «Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu "romería", "videre Petrum", para ver a Pedro» (n. 520).
Los deseos de comunión y el ferviente amor al Papa son considerados en Camino como un don de Dios, que hemos de saber agradecer: «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (n. 573). En efecto, aunque el amor al Papa puede ser cultivado y acrecentado en nuestro corazón, no deja de ser, en último término, fruto de la acción del Espíritu Santo que es el alma de la Iglesia y el que pone la semilla de la unidad en el corazón de todos los cristianos.
Este amor a la Iglesia, concreto y operativo, se percibe en Camino como un don de Dios al hombre
En conclusión, el amor a la Iglesia y al Papa en Camino no es un sentimiento periférico o accidental, sino que constituye una de las líneas de fuerza más profundas del contenido del libro, junto con la filiación divina y la llamada del cristiano a vivir la santidad en medio del mundo, en el trabajo ordinario. El amor a la Iglesia adquiere una dimensión bien concreta en el amor a las realidades visibles en las que ésta se manifiesta y se despliega en la historia: la liturgia, la doctrina, el Papa, el estado sacerdotal, los hermanos en la fe, y todos los hombres, pues todos están llamados a participar en la salvación que Cristo ofrece mediante la Iglesia. De ahí que el amor a la Iglesia sea una fuerza que estimula al cristiano a la búsqueda de la santidad y al apostolado. Y, precisamente, a la consecución de la santidad en medio de las realidades temporales, pues es ahí donde la Iglesia tiene su punto de inserción en el mundo para santificarlo desde dentro.
Este amor a la Iglesia, concreto y operativo, se percibe en Camino como un don de Dios al hombre, algo que el mismo Señor ha puesto en el corazón del cristiano y, en su caso, del autor del libro. Se entronca así con la virtud teologal de la caridad, ya que el amor del Cristiano a la Iglesia es participación del mismo amor con que la ama Cristo. El cristiano ama entonces a la Iglesia con ese amor de Dios y de Cristo que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5). El cristiano puede contemplar en la Iglesia la bondad y el amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo y nos llega a través de las acciones sacramentales de la Iglesia. Considerando la realidad sobrenatural, y humana al mismo tiempo, de la Iglesia, se comprende la verdad profunda del amor, que consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiación por nuestros pecados (1 Ioh, 4, 10). Así, realmente, el amor a la Iglesia es un don de Dios, pero un don que está orientado a suscitar en el cristiano unos sentimientos de gozo y de fidelidad a la Iglesia que impregnan toda su existencia.
www.es.josemariaescriva.info/articulo/el-amor-a-la-ig…
Si con sacrificio siembras Amor, también recogerás Amor.
Forja, 299 San Josemaría Escrivá
Esta Iglesia Católica es romana. Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terra como gustaba repetir Santa Catalina de Siena...
Acoge la palabra del Papa, con una adhesión religiosa, humilde, interna y eficaz: ¡hazle eco!
Forja, 133
2 más comentarios de Susy Longoria
Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, videre Petrum, para ver a Pedro.
Camino, 520