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EL SAGRADO MANTO EN HONOR DEL PATRIARCA SAN JOSÉ

EL SAGRADO MANTO EN HONOR DEL PATRIARCA SAN JOSÉ

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Se reza por 30 días consecutivos, sin interrupciones, en honor de los 30 años de vida que San José vivió con Jesús. Preferiblemente se reza en el mes de marzo. Se recomienda confesarse y comulgar de frecuente. Esta devoción es muy eficaz para obtener gracias particulares en situaciones difíciles.

Santa Teresa, dijo: “Si usted quiere realmente creer en la devoción, pruébela recitándola y finalmente se convencerá”.

Es más eficaz esta novena cuando se hace oración por las almas del Purgatorio. Porque con la misma solicitud que ayudamos a secar las lágrimas de las almas que sufren, podemos esperar que San José nos ayudará a secar nuestras lágrimas en nuestras necesidades.

De esta manera, el Sagrado Manto de San José se extiende sobre nosotros y nos servirá como un escudo contra todos los peligros que nos acechan, de modo que podamos un día, con la gracia de Dios, obtener la salvación eterna.

Nuestro Señor y Nuestra Señora nos invita a amar, honrar y rezar a San José. El mismo Jesús dijo a Santa Margarita: “Me gustaría que todos los días se ofrezcan oraciones especiales a mi madre y a San José, mi más dulce guardián”.

La Santísima Virgen le dijo a la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda con relación a San José: “Usted debe asegurarse de aumentar continuamente su amor y dedicación a este gran santo. En todas sus necesidades, usted debe servirse de su protección, bajo todas las circunstancias usted debe animar a tantas personas como le sea posible hacia esta devoción, de hecho, lo que mi devoto esposo pide en el cielo, Dios todopoderoso lo concederá en la Tierra”.

(Al final: la historia del Manto de San José)

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EL SAGRADO MANTO EN HONOR DEL PATRIARCA SAN JOSÉ

+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. +

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.

Jesús, José y María, en vos descanse en paz el alma mía.

Rezar 3 veces:
Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos.
Amén.
(Agradeciendo a la Santísima Trinidad en acción de gracias por haber exaltado a San José a una posición de dignidad tan excepcional)

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CONSAGRACIÓN

I.


Heme aquí, oh gran Patriarca, postrado devotamente delante de ti.

Te presento este Manto precioso y al mismo tiempo te ofrezco el propósito de mi devoción fiel y sincera.

Todo lo que pueda hacer en tu honor durante mi vida, quiero realizarlo para manifestarte el amor que te profeso.

¡Ayúdame, San José! Asísteme ahora y en toda mi vida, pero asísteme especialmente en la hora de mi muerte, igual que te asistieron a ti Jesús y María, para que un día pueda honrarte en la patria celestial por toda la eternidad. Amén.

II.

Oh glorioso Patriarca San José, postrado ante ti, te presento devotamente mi veneración y comienzo a ofrecerte esta preciosa colección de oraciones, en recuerdo de las incontables virtudes que adornan tu santa persona.

En ti se cumplió el misterioso sueño del antiguo José, quien fue una figura anticipada de ti, pues no solamente te circundó con sus rayos brillantísimos el Sol divino, sino que también te iluminó con su dulce luz la mística luna, María.

¡Ah, glorioso Patriarca! Si el ejemplo de Jacob, que fue personalmente a alegrarse con su hijo predilecto, exaltado sobre el trono de Egipto, sirvió para arrastrar también a sus hijos, ¿no valdrá el ejemplo de Jesús y de María, que te honraron con toda su estima y todo este precioso manto? Oh, gran Santo, haz que el Señor dirija hacia mi una mirada de benevolencia. Y como el antiguo José no rechazó a sus culpables hermanos, sino que los acogió con todo su amor, los protegió y los salvó del hambre y de la muerte, así tú, oh glorioso Patriarca, mediante tu intercesión, haz que el Señor no tenga que abandonarme nunca en este valle del destierro. Obtenme, además, la gracia de conservarme siempre en el número de tus devotos siervos que viven serenos bajo el manto de tu patrocinio. Deseo tener este patrocinio todos los días de mi vida y en el momento de mi último respiro. Amén.

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ORACIONES

I.


Salve, glorioso San José, depositario incomparable del Cielo y padre adoptivo de Aquel que alimenta a todas las criaturas.

Después de María Santísima, eres el Santo más digno de nuestro amor y merecedor de nuestra veneración. Entre todos los Santos, sólo tú tuviste el honor de educar, guiar, alimentar y abrazar al Mesías, a quien tantos profetas y reyes desearon ver. San José, salva mi alma y consígueme de la divina misericordia la gracia que humildemente imploro.

Y consigue también para las almas benditas del Purgatorio un grande alivio en sus penas.

Gloria al Padre … tres veces

II.

Oh poderoso San José, tú fuiste declarado patrono universal de la Iglesia y yo, entre todos los otros Santos, te invoco como potentísimo protector de los miserables y bendigo mil veces tu corazón, siempre dispuesto a socorrer toda clase de necesidades.

A ti, amado San José, recurren la viuda, el huérfano, el abandonado, el afligido y toda suerte de desventurados; no hay dolor, angustia o desgracia que no haya socorrido piadosamente. Dígnate usar en mi favor los medios que Dios ha puesto en tus manos, para que pueda yo conseguir la gracia que te pido. Y vosotras, almas santas del Purgatorio, suplicad a San José por mí.

Gloria al Padre … tres veces

III.

A millares de personas, que te han suplicado antes que yo, les concediste consuelo y paz, gracia y favores. Mi alma, triste y dolorida, no encuentra descanso en medio de las angustias que la oprimen.

Tú, amado Santo, conoces todas mis necesidades antes de que las exponga en la oración. Bien sabes cuánto necesito la gracia que te pido. Me postro delante de ti y suspiro, amado San José, bajo el grave peso que me oprime. Ningún corazón humano se me abre, a quien pueda confiarle mis penas, y aún si encontrara compasión en alguna alma caritativa, tampoco podría ayudarme.

A ti recurro, por tanto, y espero que no me rechaces, pues Santa Teresa dijo y dejó escrito en sus obras: “Cualquier gracia que se pida a San José ciertamente se concederá”.

¡Oh San José, consuelo de los afligidos! Ten piedad de mi dolor y ten piedad de las santas almas del Purgatorio, que tanto esperan de nuestras oraciones.

Gloria al Padre … tres veces

IV.

Oh Santo excelso, por tu obediencia perfectísima a Dios, ten piedad de mí.

Por tu santa vida llena de méritos, escúchame.

Por tu amadísimo Nombre, ayúdame.

Por tu clementísimo corazón, socórreme.

Por tus santas lágrimas, confórtame.

Por tus siete dolores, ten compasión de mí.

Por tus siete gozos, consuela mi corazón.

De cualquier mal del alma y del cuerpo, líbrame.

De todo peligro y desgracia, aléjame.

Socórreme con tu santa protección y consígueme, con tu misericordia y poder, lo que necesito y especialmente la gracia que más me apremia.

Consigue para las amadas almas del Purgatorio la pronta liberación de sus penas.

Gloria al Padre … tres veces

V.

Oh glorioso San José, son incontables las gracias y los favores que tú obtienes a los pobres afligidos: enfermos de todo género, oprimidos, calumniados, traicionados, privados de todo humano consuelo, miserables necesitados de pan o de apoyo imploran tu real protección y los escuchas en sus ruegos.

No permitas, amadísimo San José, que sea yo la única persona, entre el gran número de las beneficiadas, que me quede sin la gracia que te he pedido. Manifiéstate también hacia mi potente y generoso, y yo, agradeciéndotelo, exclamaré: “Viva eternamente el glorioso Patriarca San José, mi gran protector y especial liberador de las santas almas del Purgatorio”.

Gloria al Padre … tres veces

VI.

Padre Eterno y Divino, por los méritos de Jesús y de María, dígnate concederme la gracia que imploro. En nombre de Jesús y de María, me postro con reverencia en tu divina presencia y te ruego con devoción que aceptes mi firme decisión de perseverar en el número de los que viven bajo el patrocinio de San José. Bendice, por tanto, el precioso manto que hoy le dedico como prenda de mi devoción.

Gloria al Padre … tres veces

Oh San José, defiende a la Santa Iglesia de toda adversidad y extiende sobre cada uno de nosotros tu patrocinio.

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PIADOSAS SÚPLICAS EN RECUERDO DE LA VIDA ESCONDIDA
DE SAN JOSÉ CON JESÚS Y MARÍA


San José, ruega para que Jesús pueda entrar en mi alma y me santifique.
San José, ruega para que Jesús pueda entrar en mi corazón e inspirarme con la caridad.
San José, ruega para que Jesús pueda entrar en mi mente y me ilumine.
San José, ruega para que Jesús pueda guiar mi voluntad y la refuerce.
San José, ruega para que Jesús pueda dirigir mis pensamientos y purificarlos.
San José, ruega para que Jesús pueda guiar mis deseos y dirigirlos.
San José, ruega para que Jesús pueda mirar mis acciones y extienda sobre mí, sus bendiciones.
San José, ruega para que Jesús me inflame de amor por él.
San José, solicita de mi parte a Jesús la imitación de tus virtudes.
San José, pide de mi parte a Jesús un verdadero espíritu de humildad.
San José, pide de mi parte a Jesús mansedumbre de corazón.
San José, pide de mi parte a Jesús la paz del alma.
San José, pide de mi parte a Jesús el santo temor del Señor.
San José, pide de mi parte a Jesús un deseo de perfección.
San José, pide de mi parte a Jesús una dulzura de corazón.
San José, pide de mi parte a Jesús un corazón puro y caritativo.
San José, pide de mi parte a Jesús la sabiduría de la fe.
San José, pide de mi parte a Jesús su bendición en la perseverancia de mis buenas obras.
San José, pide de mi parte a Jesús la fuerza para llevar mis cruces.
San José, pide de mi parte a Jesús el desprecio por los bienes materiales de este mundo.
San José, pide de mi parte a Jesús la gracia de caminar siempre en el camino angosto hacia el Cielo.
San José, pide de mi parte a Jesús la gracia de evitar toda ocasión de pecado.
San José, pide de mi parte a Jesús un deseo santo de la felicidad eterna.
San José, pide de mi parte a Jesús la gracia de la perseverancia final.
San José, no me abandones.
San José, ruega que mi corazón nunca deje de amarte y que mis labios nunca dejen jamás de elogiarte.
San José, por el amor que le tienes a Jesús, haz que yo pueda aprender a amarlo.
San José, amablemente acéptame como tu fiel devoto.
San José, yo me entrego a ti, acepta mis ruegos y escucha mi oración.
San José, no me abandones en la hora de mi muerte.

Jesús, José y María, os doy mi corazón y el alma mía.

Gloria al Padre … tres veces

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SÚPLICAS A SAN JOSÉ

I.


Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María y amable protector mío San José, que jamás se ha oído decir que ninguno haya invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio sin haber sido consolado. Lleno, pues, de confianza en vuestro poder, ya que ejercisteis con Jesús el cargo de Padre, vengo a vuestra presencia y me encomiendo a Vos con todo fervor. No desechéis mis súplicas, antes bien acogedlas propicio y dignaos acceder a ellas piadosamente. Amén.

II.

Glorioso San José, esposo de María y padre virginal de Jesús, piensa en mí, vela por mí. Enséñame a trabajar para mi santificación y ten bajo tu cuidado compasivo las necesidades urgentes que hoy encomiendo a tu solicitud paterna. Quita los obstáculos y las dificultades y concédeme el resultado feliz de lo que pido si es para mayor gloria de Dios y para el bien de mi alma. Y como muestra de mi agradecimiento, prometo dar a conocer tus alabanzas, con todo el afecto bendigo al Señor que te dio tanto poder en el cielo y en la tierra. Amén.

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LETANÍAS DE SAN JOSÉ

Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad

Cristo, escúchanos
Cristo, óyenos

Dios Padre Celestial, Dios, ten piedad de nosotros
Dios Hijo, Redentor del mundo, Dios, ten piedad de nosotros
Dios Espíritu Santo, Dios, ten piedad de nosotros
Santa Trinidad Único Dios, ten piedad de nosotros

Santa María, ruega por nosotros

San José, ruega por nosotros
Ilustre hijo de David, ruega por nosotros
Esplendor de los Patriarcas, ruega por nosotros
Esposo de la Madre de Dios, ruega por nosotros
Guardián purísimo de la Virgen, ruega por nosotros
Tú que nutriste al Hijo de Dios, ruega por nosotros
Tú que defendiste a Cristo Jesús, ruega por nosotros
Tú que guiaste la Sagrada Familia, ruega por nosotros
José justísimo, ruega por nosotros
José castísimo, ruega por nosotros
José prudentísimo, ruega por nosotros
José fortísimo, ruega por nosotros
José obedientísimo, ruega por nosotros
José fidelísimo, ruega por nosotros

Ejemplo luminoso de paciencia, ruega por nosotros
Amante de la pobreza, ruega por nosotros
Modelo de los trabajadores, ruega por nosotros
Decoro de la vida doméstica, ruega por nosotros
Custodio de las vírgenes, ruega por nosotros
Amparo de las familias, ruega por nosotros
Consuelo de los afligidos, ruega por nosotros
Esperanza de los enfermos, ruega por nosotros
Abogado de los moribundos, ruega por nosotros
Terror de los demonios, ruega por nosotros
Protector de la Santa Iglesia, ruega por nosotros

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros

V. Lo nombró administrador de su casa.
R. Y señor de todas sus posesiones.

Oremos: ¡Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir a San José para esposo de tu Santísima Madre!; te rogamos nos concedas tenerlo como intercesor en el cielo, ya que lo veneramos como protector en la tierra. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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ORACIÓN FINAL DEL SAGRADO MANTO

Oh Glorioso Patriarca San José, tú que fuiste elegido por Dios por encima de todos los hombres para ser la cabeza terrenal de la más santa de las familias, te ruego que me aceptes en los pliegues de tu manto sagrado, que llegues a ser el guardián y custodio de mi alma.

A partir de este momento, yo te elijo como mi padre, mi protector, mi consejero, mi Santo Patrón y te ruego que custodies mi cuerpo, mi alma, todo lo que soy, todo lo que poseo, mi vida y mi muerte.

Mírame como uno de tus hijos; defiéndeme de la traición de mis enemigos, invisible o visibles, ayúdame en todo momento en todas mis necesidades, consuélame en las amarguras de mi vida, y especialmente a la hora de mi muerte. Di tan solo una palabra a mí favor al Divino Redentor a quien tú fuiste considerado digno de sostenerlo en tus brazos, y ser digno de la Santísima Virgen María, tu castísima esposa.

Pide para mí las bendiciones que me llevarán a la salvación. Inclúyeme dentro de los más queridos por ti y yo te demostraré que soy digno de tu especial amparo. Amén.

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Oración a San José (escrita por el Papa León XIII)

A Vos, bienaventurado José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido y por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que, con su sangre, adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.

Proteged, oh providentísimo Custodio de la Divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y de corrupción; asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús de inminente peligro de la vida, así ahora defended la Iglesia santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio para que a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir, y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén.

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LA DESCONOCIDA HISTORIA DEL MANTO DE SAN JOSÉ

“Dios ha determinado bendecir todas aquellas familias que se pongan bajo el Manto protector.”

Este 19 de marzo en el cielo y en la tierra se celebra la fiesta de San José, el padre a quien Dios le confió su Hijo Jesús y que en virtud de haber dado buena batalla es patrono de la Iglesia y de la familia.

Cuentan las antiguas tradiciones conservadas en los primeros monasterios de vida contemplativa y transmitidas hasta nuestros días, que San José es solícito en mediar ante Dios para que en su misericordia conceda las gracias necesarias a quienes acuden orantes a él. Conocida entre sus devotos es la Novena llamada “Santo Manto de San José” que está inspirada en una historia hecha leyenda, conservada por la tradición oral de la Iglesia desde siglos.

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EL MANTO DE SAN JOSÉ

San José debía ir a las montañas de Hebrón, donde tenía ajustada una partida de madera, y lo había ido dilatando día tras día hasta ver si podía reunir todo el dinero; pero fue en vano. Las cosas de los pobres, se hacen sus cuentas y casi nunca les salen como lo pensaron, José no tenía reunido más que la mitad del dinero y el caso es que no podía esperar más tiempo; era necesario servir a los parroquianos y por tanto partir a por la madera.

—Si te parece bien –le dijo la Santísima Virgen María-, lo pediré a los parientes.

—Yo iré -contestó José.

—No, esposo mío -suplicó María-; has de hacer un largo viaje y no te debes cansar -y cubriendo su cabeza según la costumbre, salió de casa. Al regresar le dijo:

—No hay dinero. Lo he pedido en varias casas, y todas se han excusado; indudablemente es que no tienen, porque si hubieran tenido ¿cómo se habrían de negar a darlo? Pero he pensado una cosa, -continuó María, procurando ocultar tras una dulce sonrisa el sentimiento que su corazón sentía-;… he pensado que dejes el manto en prenda y con eso el dueño de la madera se dará por satisfecho.

—No has pensado mal -dijo San José, bajando sus ojos, porque su esposa no los viera arrasados en lágrimas.

—Adiós, esposo mío -dijo María al despedirle-. El Dios de Abraham te acompañe y su ángel te dirija.

—Adiós esposa mía; procuraré volver pronto.

Y marchó el santo con la mitad del dinero y el manto nuevo que María le había regalado en el día de su boda.

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—Dios te guarde, Ismael, -dijo el Santo padre de Jesús cortésmente al llegar a la presencia del dueño de los troncos contratados.

—¿Vienes ya por la madera? -fue la contestación al saludo de José-; bien podías haber venido antes; en poco ha estado que te quedes sin ninguna.

Ismael tenía mal genio, era un avaro sin entrañas, en su casa no había visto nunca la paz, su pasión era el dinero y todo esto lo conocía José desde que le estaba tratando, por lo cual podemos presumir la poca confianza y el miedo que había de tener por declarar el estado de su bolsillo. Escogió los maderos, apartándolos a un lado, y cuando ya iba a partir para Nazaret, llegado el momento supremo, llamó aparte a Ismael, y le habló de esta manera:

—¡Dispénsame que no traigo más que la mitad del dinero; tú sabes que siempre te he pagado al contado. Espérame y ten paciencia y te pagaré hasta el último cuadrante; quédate con esta capa en prenda.

Ismael quiso que se llevara la mitad de los troncos, protestó y volvió a protestar, de tal manera, que estuvo a punto de desbaratarse el contrato, pero al cabo cedió aunque no de muy buen grado, quedándose con el manto de boda de San José.

El avaro Ismael tenía enfermos los ojos hacía tiempo con úlceras, y a pesar de invertir en médicos y medicinas no había logrado la salud; casi había perdido la esperanza de sanar; por lo cual se llenó de sorpresa a la mañana siguiente cuando se encontró que sus ojos estaban sanos como si nunca hubiese padecido.

—¿Qué es esto? -se decía-. ¡Ayer enfermos con úlceras incurables, según opinión de los médicos, y hoy sanos sin medicina alguna!

No dio Ismael con la causa y al llegar a su casa contó a su esposa el prodigio. Eva, que así se llamaba ésta, era un verdadero basilisco, tenía un genio de fiera, y desde que se había casado con Ismael jamás había tenido paz, ni dicha, ni tranquilidad, ni gusto en el matrimonio; pero aquella noche estaba hecha una cordera. ¡Qué dulzura en sus palabras! ¡Qué mansedumbre! ¡Qué alegría en su rostro antes sombrío y arrugado por la ira: "¿Qué es esto? ¿Qué variación es esta? ¿Quién habrá traído este cambio?" se preguntaba a sí mismo el esposo.

—Toma este manto y guárdalo por ahí -le dijo a Eva-. Es de José, el carpintero de Nazaret, y ha de venir a llevárselo; este manto debe ser el que ha traído la paz y la tranquilidad de esta casa -dijo casi pensarlo el esposo-. Desde que lo puse sobre mis hombros para traerlo, siento en mí tal mudanza, tales afectos y tales deseos, que no puede ser otra la causa. Oyeron entonces ruido en el establo y, cortando la conversación, se tiró del lecho Ismael y acudió a ver lo que era.

Una vaca, la mejor, la más gruesa, se retorcía en el suelo presa de un dolor horrible. ¡Pobre animal! A pesar de los remedios que ambos esposos le prodigaron no se mejoraba; al contrario, parecía que iba a expirar. Se acordó Ismael del Manto de José y comunicó a Eva su pensamiento; nada perdían. Pero si la vaca sanaba, sabrían que el Manto era la causa de su dicha y del bienestar que disfrutaban.

Fue nada más ponerle la capa y el animal se levantó del suelo donde antes se retorcía por la fuerza del dolor. La vaca se puso a comer como si nada hubiese pasado.

—¿Lo ves? -dijo Ismael-, este manto es un tesoro. Desde que él está en nuestra compañía, somos felices. Conservemos esta prenda de los cielos; no nos desprendamos de ella ni aunque nos dieran todo el oro del mundo.

—¿Ni al mismo dueño se la devolveremos?-dijo Eva inquieta.

—Ni al mismo dueño -contestó resueltamente Ismael.

—Entonces -dijo Eva- le compraremos otra mejor que ésta, en el mercado de Jerusalén, y si te parece bien iremos los dos a llevársela.

—Sí -contestó el marido-. Yo le perdono la deuda y además estoy dispuesto a darle de aquí en adelante toda la madera que necesite.

—¿No has dicho que tiene un hijo llamado Jesús? -preguntó Eva-. Le llevaré de regalo un par de corderos blancos y un par de palomas como la nieve, y a María aceite y miel. ¿Te parece bien, esposo mío?

—Todo me parece bien –contestó-. Mañana iremos a Jerusalén y desde allí a Nazaret.

Cuando estaban los camellos preparados para el viaje, llegó jadeante el hermano menor de Ismael, diciendo que la casa de su padre estaba ardiendo y había que llevar el Manto del Carpintero, con el fin de apagar el incendio. No había tiempo que perder. Los dos hermanos corrieron precipitadamente a la casa del padre y al llegar, cortaron un pedazo del milagroso manto y lo arrojaron al fuego. No hubo necesidad de derramar una sola gota de agua; aquello fue bastante para atajar el incendio y apagarlo. Las gentes se admiraron al ver el prodigio y bendijeron al Señor.

—Qué fue -preguntó Eva al verlos llegar- ¿se ha apagado el fuego?

—Sí -contestó el esposo lleno de satisfacción-; un pedazo del manto ha bastado para realizar el milagro.

Días después se bajaron de sus camellos a la puerta del Carpintero de Nazaret. Ismael, el antiguo usurero y Eva su esposa, venían llenos de humildad a postrarse a los pies de José y María y a hacerles varios regalos. Al verlos San José y la Santísima Virgen María creyeron que vendrían reclamando la deuda y se llenaron de tristeza porque aún no tenían el dinero reunido. Pero el entrar en la casa donde José, María y el Niño Jesús estaban, se pusieron ambos de rodillas, y tomando la palabra Ismael, dijo:

—Venimos mi esposa y yo a darte las gracias por los inmensos bienes que hemos recibido del cielo desde que me dejaste el manto en prenda; y no nos levantaremos de aquí sin obtener tu consentimiento de quedarnos con él para que siga protegiendo mi casa, mi matrimonio, mis intereses y mis hijos.

—Levantaos -dijo José, tendiéndoles las manos para ayudarles.

—iOh, santo Profeta! -respondió Ismael en un arrobo espiritual-; permite hablar a tu siervo de rodillas y escucha estas palabras: Yo estaba enfermo de los ojos y por medio de tu manto se han curado; era usurero, altivo, rencoroso y hombre sin entrañas y me he convertido a Dios; mi esposa estaba dominada por la ira y ahora es un ángel de paz; me debían grandes cantidades y las he cobrado todas sin costarme trabajo alguno; estaba enferma la mejor de mis vacas y ha sanado de repente; se incendió, en fin, la casa de mi padre y se apagó el fuego instantáneamente al arrojar en medio de las llamas un pedazo de tu manto.

—¡Loado sea Dios por todo! -dijo bajando los ojos el santo Carpintero-. Levantaos, que no está bien que estéis de rodillas delante de un hombre tan miserable como yo.

—Aún no he terminado -respondió Ismael-. Tú no eres un hombre como los demás, sino un Santo, un Profeta, un ángel en la tierra. Te traigo un manto nuevo, de los mejores que se tejen en Sidón; a María tu esposa, le traemos aceite y miel, y a Jesús, tu hijo, le regala mi esposa un par de corderos blancos y un par de palomas más blancas que la nieve del Líbano. Aceptad estos pobres obsequios, disponed de mi casa, de mis ganados de mis bosques, de mis riquezas, de todo lo que poseemos, y... ¡no me pidáis vuestro manto!

— Quedaos con él, ¡en buena hora! -dijo el Santo Carpintero-; y gracias, muchas gracias por vuestros ofrecimientos y regalos.

Y mientras se levantaban del suelo y acercaban los presentes, les dijo María:

—Sabed, buenos esposos, que Dios ha determinado bendecir todas aquellas familias que se pongan bajo el Manto protector de mi santo esposo. No os extrañen pues los prodigios obrados; otros mayores veréis; amad a José, servidle, guardad el Manto, divididlo entre vuestros hijos, y sea ésta la mejor herencia que les dejéis en el mundo.

…Y es sabido que los esposos guardaron fielmente los consejos de la Santísima Virgen María y fueron siempre felices, lo mismo que sus hijos y los hijos de sus hijos.

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