Psicopatía y ¿inminencia del fin?

En las ultimas semanas se viene hablando con insistencia sobre la proximidad de un cónclave pues el papa Francisco renunciaría a su cargo, o bien su fin natural estaría mucho más cerca de lo que el Vaticano estaría dispuesto a admitir. No lo sabemos. Sin embargo, la publicación del diálogo que mantuvo con los directores de las revistas culturales europeas de los jesuitas hace casi un mes, y que fue publicado ayer por La civiltà cattolica, muestra que el mayor problema del Sumo Pontífice no es su rodilla maltrecha ni sus divertículos intestinales; es algo mucho más serio y afecta al equilibrio de su juicio. En pocas palabras, y la pregunta no responde a ninguna saña antifrancisquista: ¿Bergoglio está en sus cabales? Por más progresista que alguien sea, no podrá negar que algunos párrafos de la conversación muestran a una persona que, o bien muestra signos evidentes de demencia senil, perfectamente comprensible dada su edad, o bien el guión de sus palabras fue escrito por un enemigo de peso de él mismo o de la Iglesia, o por algún cómico. Lo cierto es que una persona cuerda y que conserva la sensatez y prudencia que requiere su función —y en este caso nada menos que el sumo pontificado—, no puede decir lo que dice.
No tiene sentido perder el tiempo en refutar sus afirmaciones. Eso lo habríamos hecho quienes nos dedicamos a esta tarea hace algunos años; ahora, cuando ha pasado ya tanta agua bajo el puente, las cosas se toman como de quien vienen. Sin embargo, vale la pena señalar algunos puntos:


1. La frivolidad y superficialidad con los que se refiere al conflicto entre Rusia y Ucrania. Los compara con Caperucita Roja y el Lobo, y da entender, como lo han entendido varios medios de prensa (aquellos que aún le hacen algún caso), que la OTAN provocó a Rusia para que desencadenara la guerra. Más allá de que esto sea más o menos cierto, el papa, como jefe de un estado y pontífice máximo de la Iglesia, no puede permitirse ese tipo de expresiones. Estarían bien, en todo caso, para comentar en la sobremesa en un hogar de sacerdotes ancianos, pero no para darlos a conocer al mundo entero. Este solo hecho debería llevar a que los cardenales se pusieran a pensar seriamente qué harán con este personaje que pueden meter a la Iglesia en un aprieto de proporciones.

2. Particular interés tiene para nosotros la respuesta a la tercera pregunta, acerca de los signos que el papa ve de renovación espiritual de la Iglesia. Y lo primero que hay que decir es que estamos frente a uno de los ejemplos más refinados que podemos encontrar de canibalismo institucional, esa especialidad de Bergoglio que nuestro amigo Ludovicus tan bien describió y puede leerse aquí. Devora a los católicos “restauracionistas” con la ferocidad de una hiena y también se ceba con la Curia romana, enemigo clásico de cualquier populista.
Por otro lado, los rasgos de su desequilibrio psíquico aparecen cada vez más pronunciados. Ya hablamos en otra ocasión que Francisco presenta los rasgos propios de un psicópata, lo que habían notado sus superiores mucho antes de ser nombrado obispo. En este caso, además, vemos de un modo evidente y difícilmente cuestionable, síntomas de una personalidad disociada. Habla de obispos que aparecen en Europa o en América, como si no fuera él quien los hace aparecer; como si no fuera él mismo el protagonista y responsable directo de esos nombramientos episcopales. Por ejemplo, leamos este párrafo: “Un obispo argentino me dijo que le habían pedido que administrara una diócesis que había caído en manos de estos «restauradores»”. Se está refiriendo claramente a Mons. Carlos Domínguez y a la diócesis de San Rafael, la única que cuenta con un administrador apostólico y que tiene un perfil “restauracionista”. Pero Francisco dice que a este obispo “le habían pedido”. ¿Quién le había pedido? Pues él mismo, pues no hay otro que pueda nominar obispos o administradores apostólicos sino el papa de Roma, y mucho más en el caso de Argentina, cuyo manejo se ha reservado con exclusividad.


Estamos frente a un trastorno psicológico grave, y serán los profesionales quienes deberán diagnosticar si se trata de un caso de identidad disociativa o bien, de despersonalización.

3. En el mismo párrafo aparece ya de un modo patente el desprecio que tiene por los obispos americanos. Dice: “El número de grupos de «restauradores» – hay muchos en Estados Unidos, por ejemplo – es asombroso”. Esto no hace más que confirmar lo que varias veces dijimos en este blog: una hermenéutica adecuada para leer las decisiones de Bergoglio es tener en cuenta su antiamericanismo.
Y acentúa mi diagnóstico amateur de disociación de la personalidad: el mismo pontífice que está llamando a una iglesia sinodal, en la que todos deben ser escuchados, se lanza contra un grupo de miembros de la Iglesia, que él mismo reconoce que es asombrosamente numeroso, y que llama a que no sólo no sean escuchados, sino a que sean cancelados.

4. Es el mismo desorden psicopático el que lo lleva a enredarse en una larga elegía al P. Pedro Arrupe, s.j., con menciones floridas a Pablo VI, sin darse cuenta (o sí), que con eso no hace más que ensuciar la memoria de Juan Pablo II, que despojó a Arrupe de su cargo de prepósito general de la Compañía en 1981, debido a la deriva ya no solo progresista sino atea a la cual la había conducido el admirado “profeta” de Bergoglio.

5. Para terminar este espigueo de frases célebres, dice Francisco: “Al presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, monseñor Bätzing, le dije: «Hay una muy buena Iglesia evangélica en Alemania»”. ¿Es posible que el pontífice máximo de la Iglesia católica considere que hay una “muy buena” iglesia evangélica? Si la iglesia evangélica es muy buena, y mucho más laxa, compresiva y acogedora de la diversidad que la Iglesia católica, la que todavía se envuelve en puntillas y bonetes, ¿por qué, entonces, no hacerse evangélico en vez de católico? ¿Por qué un joven va a ofrendar su vida y su celibato perpetuo a Dios como sacerdote católico si lo mismo da ser un buen pastor evangélico, sin tener que llevar ninguna de esas cargas?


Lo que me llama la atención es que el P. Spadaro, s.j., director de la revista, haya decidido publicar esta “conversación”. El capítulo 9 del libro del Génesis narra lo siguiente: Noé “bebió del vino, y se embriagó, y estaba desnudo en medio de su tienda. Y Cam [su hijo más joven], padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera. Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros, y así no vieron la desnudez de su padre. Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo más joven”, y lo maldijo.
Spadaro se ha comportado como Cam. Más le hubiese valido cubrir la desnudez de su padre, o co-hermano en San Ignacio de Loyola, como piadosamente hicieron Sem y Jafet con su padre Noé. No espero que sea maldecido por Bergoglio; espero que sea juzgado con justicia por el Justo y Terrible Juez; él y aquél que vive en Santa Marta.

Escolio a la conversación pontificia: Decíamos hace poco que el que gobierna la Iglesia es el mismo Hijo de Dios, y sabe mucho mejor que nosotros cómo hacerlo.
El grotesco de este pontificado se ha acelerado tanto en los últimos meses que está provocando que todo lo que toca Bergoglio, lo ensucia. El sínodo, por ejemplo, que es una venerable institución de la Iglesia universal, se ha convertido en una mascarada que los obispos hacen en sus diócesis pour la gallerie, y de hecho, son pocos los católicos que saben que dentro de tres meses comienza la fase continental del sínodo sobre los sínodos. No es extraño tampoco que, cuando Francisco habló contra las puntillas, muchos párrocos hayan abierto los arcones de sus sacristías para desempolvar viejas albas apuntilladas.

Por eso, mientras más hable Francisco sobre el Vaticano II y más insista en él, más tirria se le tomará a tan nefasto acontecimiento, porque se lo asociará con él y con el patético devenir de su pontificado. Por eso, quizás sea conveniente tener aún más paciencia y rogar a Dios para que conserve en la tierra al Siervo de sus siervos por algún tiempo más para que, con su torpeza, termine de embadurnar todo lo que debe ser embadurnado y su sucesor tenga más fácil la tarea de volver todo a su justo carril; de “restaurar” a la Iglesia en su verdadero rostro que tanto ha sido afeado.


Psicopatía e ¿inminencia del fin?