Por más que quisiera obsequiar a la Madre de Dios, ella siempre se me adelanta y me hace a mí un obsequio, mucho más grande del que podría yo darle. Nací un ocho de diciembre y allí comenzó todo. Desde aquél momento estuve bajo su protección y nunca me soltó de su mano, a pesar de que a veces fui un hijo ingrato. Estar enamorado de ella es la locura perfecta de amor.